La historia de Friuli: Aquilea, Venzone, Polcenigo y Barcis
Este episodio sale en YouTube el viernes 30 de octubre a las 19:00, hora del este de EE. UU. Suscríbete y te estará esperando.
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Este episodio recorre cuatro lugares antiguos de Friuli, en el noreste de Italia. Empieza con la aldea neolítica del Palù di Livenza, de hace unos 6.000 años, y luego sigue a Aquilea desde su fundación como colonia romana en el año 181 a. C., pasando por su puerto fluvial, el asedio del año 238 d. C., el piso de mosaico del obispo Teodoro, el asedio de Atila en 452 y los patriarcas. Después pasa al pueblo amurallado de Venzone y sus momias, a Polcenigo y los manantiales del Livenza, y a Barcis, en el Val Cellina. Los capítulos posteriores tratan del dominio veneciano desde 1420, del Tratado de Campo Formio de 1797, del Soldado Desconocido elegido en Aquilea en 1921 y de Venzone, reconstruido después de 1976. Es una historia narrada, lenta y tranquila, para dormir, de unas 2 horas y 25 minutos.
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- Agricultores del Neolítico se asentaron en la cuenca pantanosa del Palù di Livenza, entre Caneva y Polcenigo, hace unos 6.000 años, aproximadamente entre el 4500 y el 3600 a. C.
- Roma fundó la colonia de Aquilea en el año 181 a. C.; tres hombres dirigieron el asentamiento: Publio Cornelio Escipión Nasica, Cayo Flaminio y Lucio Manlio Acidino.
- En el año 238 d. C., Aquilea, la ciudad más grande de esa parte de Italia, le cerró sus puertas al emperador Maximino y resistió un asedio de muchas semanas.
- Poco después del año 313 d. C., el obispo Teodoro construyó la primera gran iglesia de Aquilea, cuyo piso de mosaico, de unos 760 metros cuadrados, es el mosaico de piso paleocristiano más grande de Occidente.
- En la primavera del 452, Atila, rey de los hunos, cruzó los Alpes hacia Italia, y la primera ciudad que atacó fue Aquilea.
- El castillo de Polcenigo se nombra por primera vez en 963, en una concesión del emperador Otón I al obispo de Belluno.
- El 13 de julio de 1031, la basílica de Aquilea reconstruida por el patriarca Poppo fue consagrada y dedicada a la Virgen María.
- En 1338, el patriarca Bertrando consagró la catedral reconstruida de San Andrés, dentro de las murallas de Venzone.
- Para 1420, Venecia ya dominaba todo Friuli, desde el mar hasta los Alpes, pero solo en 1445 el patriarca renunció a sus tierras para siempre, a cambio de 5.000 ducados al año.
- A mediados del siglo XVIII, los condes de Polcenigo levantaron en la colina del castillo un gran palacio de estilo veneciano, atribuido al arquitecto veneciano Matteo Lucchesi.
- El Tratado de Campo Formio entre Bonaparte y Austria, que lleva el nombre de una aldea entre los dos campamentos, se firmó el 17 de octubre de 1797.
- En la basílica de Aquilea, el 28 de octubre de 1921, Maria Bergamas eligió el décimo de 11 ataúdes idénticos para que fuera el Soldado Desconocido de Italia, sepultado en Roma.
- La presa de arco de concreto que está debajo de Barcis, diseñada por el ingeniero Carlo Semenza, se terminó en 1954, y detrás de ella se formó el lago de Barcis.
- Después de los terremotos de 1976, Venzone se reconstruyó donde estaba y como era, y su catedral reabrió sus puertas en agosto de 1995.
Preguntas que responde este episodio
¿De dónde viene el nombre Friuli?
El nombre Friuli viene de Forum Iulii, una ciudad de mercado romana de la época de Julio César o de Augusto, que hoy se llama Cividale. Con el tiempo, el nombre de esa sola ciudad se extendió a toda la región. Friuli está en el noreste de Italia, en el extremo norte del mar Adriático, entre los Alpes Cárnicos y Julianos y las lagunas, y su gente tiene una lengua propia, el friulano.
¿Por qué Aquilea era tan importante en la época romana?
Aquilea era importante porque era a la vez una fortaleza de frontera y un gran puerto fluvial. Roma la fundó como colonia en el año 181 a. C. para vigilar la frontera, y los barcos mercantes podían remontar el río Natiso hasta la ciudad. Estrabón la describe como un mercado para los pueblos de tierra adentro, hacia el Danubio, que se llevaban vino y aceite de oliva y traían ganado y cueros. También era uno de los grandes lugares donde se tallaba y se vendía el ámbar llegado del lejano norte.
¿Qué tiene de especial el piso de mosaico de la basílica de Aquilea?
Es el mosaico de piso paleocristiano más grande de Occidente, de unos 760 metros cuadrados, colocado en la sala sur de la iglesia que el obispo Teodoro construyó poco después del año 313 d. C. Muestra al Buen Pastor, una Victoria alada y un gran mar de peces, pulpos y delfines, a través del cual corre la historia de Jonás. Al cabo de solo unos 80 años quedó cubierto, y permaneció oculto unos 15 siglos. En la década de 1890 se halló un pequeño fragmento, y en 1909 unas reparaciones revelaron que el piso se extendía por toda la iglesia; para 1915 ya estaba descubierto por completo.
¿Por qué hay momias en Venzone?
Nadie está del todo seguro de por qué algunos cuerpos enterrados bajo la catedral de Venzone se secaron en lugar de descomponerse. El primero se halló en 1647, y con los siglos salieron a la luz unos 40; un relato de 1906 dice que solo 11 tumbas, todas cerca del altar mayor, hacían esto. Antes se culpaba a un moho fino, pero en 1983 el científico estadounidense Arthur Aufderheide no pudo encontrarlo, y pensó que el suelo seco de caliza y el resguardo de la iglesia eran razones más probables.
¿Qué profundidad tiene el manantial del Gorgazzo?
Nadie sabe cuán profundo es el Gorgazzo: los buzos han bajado más de 200 metros sin encontrar el fondo. El manantial está a cerca de un kilómetro del pueblo de Polcenigo, una poza pequeña y profunda al pie de una pared gris de roca, con agua helada de color esmeralda, turquesa y azul intenso. A unos 9 metros de profundidad hay una estatua de Cristo, que en los días claros se puede ver desde arriba. El Gorgazzo es uno de los tres grandes manantiales que dan nacimiento al río Livenza.
¿Dónde se firmó el Tratado de Campo Formio?
El Tratado de Campo Formio se firmó el 17 de octubre de 1797 en la Villa Manin, en Passariano, cerca de Codroipo, en Friuli, según cuenta la propia villa. Napoleón Bonaparte había instalado allí su cuartel general, mientras los enviados austriacos se quedaban en Udine, y el tratado tomó su nombre de Campo Formio, una aldea entre los dos campamentos. Con esta paz, Austria recibió Venecia y la tierra firme veneciana, con Friuli. Todavía hoy se puede visitar la sala del tratado.
¿Cómo se reconstruyó Venzone después del terremoto de 1976?
Venzone se reconstruyó por anastilosis, que significa volver a poner las piedras originales en sus lugares originales. Después de que los terremotos del 6 de mayo y del 15 de septiembre de 1976 derribaran la catedral y gran parte del pueblo, obreros y voluntarios clasificaron los escombros en lugar de llevárselos. Desde 1982, más de 9.000 piedras fueron numeradas y catalogadas, y las viejas fotografías ayudaron a encontrar el lugar de cada una. Más de 9 de cada 10 piedras volvieron adonde habían estado, y la catedral reabrió sus puertas en agosto de 1995.
Capítulos
- 00:00 Friuli al anochecer
- 06:22 La aldea en el pantano
- 11:52 Una colonia en la frontera
- 17:22 El gran puerto
- 22:49 Casas, mosaicos y talleres
- 28:20 El asedio del año 238
- 33:48 El mosaico de Teodoro
- 39:15 Atila y las cigüeñas
- 44:31 Los patriarcas
- 50:16 Venzone, la puerta del norte
- 55:49 La catedral de San Andrés
- 1:01:24 Las momias de Venzone
- 1:06:49 El castillo de Polcenigo
- 1:12:31 Los manantiales del Livenza
- 1:18:08 Venecia llega a Friuli
- 1:23:43 Una aldea tranquila junto a la vieja basílica
- 1:29:30 Cestos y ferias
- 1:35:14 Hacia el Val Cellina
- 1:41:03 Cucharas de madera y largos viajes
- 1:46:53 El fin de Venecia
- 1:53:08 Una frontera a través de Friuli
- 1:59:03 El camino por la garganta
- 2:04:50 El Soldado Desconocido
- 2:10:10 El lago de Barcis
- 2:15:04 Piedra por piedra
- 2:21:06 Luces sobre Friuli
Fuentes
- Livy 39–40, 43 (tr. Roberts, 1905); Strabo 5.1 (tr. Jones, 1923); Herodian, book 8; Historia Augusta, The Two Maximini (tr. Magie, 1924)
- Jordanes, Getica (tr. Mierow, 1915); Procopius, Vandalic War 1.4; Paul the Deacon, History of the Lombards (tr. Foulke, 1907); Ausonius; Julian, Oration 2
- Gibbon, Decline and Fall, ch. 35; H. Brown, Venice (1893); J. H. Rose, The Life of Napoleon I (1902); Bourrienne, Memoirs
- Baedeker, Northern Italy (1913), Austria-Hungary (1911); Murray's Handbooks (1858, 1897); T. G. Jackson, Dalmatia (1887); Encyclopaedia Britannica (1911)
- Sacile e suo distretto (Municipio di Sacile, 1868); G. Marinelli (1877); J. Pirona, Vocabolario friulano (1871); R. F. Foerster, The Italian Emigration of Our Times (1919); The Literary Digest (1906)
- UNESCO, Fondazione Aquileia, Museo Archeologico Nazionale di Aquileia, Comuni di Venzone and Polcenigo, Ecomuseo Lis Aganis, Parco Dolomiti Friulane, Villa Manin, ICOMOS, Treccani
- Wikipedia (English and Italian)
El guion se investigó y se escribió para el canal y se verificó, afirmación por afirmación, con estas fuentes. La voz del narrador está generada por IA (texto a voz).
Créditos de las imágenes
Fotografías de Barcis y el Val Cellina, de Polcenigo y el Gorgazzo, de Venzone y de la laguna cerca de Aquilea, tomadas por el autor; los transeúntes pequeños y lejanos aparecen difuminados. Fotografías, grabados y dibujos antiguos del Rijksmuseum de Ámsterdam (dominio público, CC0). Imágenes de Wikimedia Commons, de dominio público o CC0, y con licencias Creative Commons de atribución de Sailko (CC BY 3.0: mosaicos, basílica y frescos de Aquilea), Naturpuur (CC BY 4.0: Polcenigo y el Livenza), Stefano Travasci (CC BY 4.0: Andreis), G.F.S. (CC BY 3.0: Barcis, Lago di Ravedis), Stefano Pielich (CC BY 3.0: Villa Manin), worraworra (CC BY 3.0: Tagliamento) y Verity Cridland (CC BY 2.0: ámbar de Aquilea). Pinturas de Luigi Nono (dominio público). Algunas fotos y tomas de ambiente de Pexels (licencia de Pexels). Voz del narrador en español: generada por IA con Chatterbox (MIT), con voces de referencia de Kokoro TTS (Apache-2.0) y OpenVoice (MIT). Música: composición original de The Candlelit Historian.
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Hola, y te doy la bienvenida. Esta noche vamos a pasar una velada larga y tranquila en el noreste de Italia, en una tierra llamada Friuli. Se encuentra entre las altas montañas y el mar, en el extremo norte del Adriático.
Y allí visitaremos cuatro lugares antiguos. Aquilea, cerca de la laguna. Venzone, en una abertura entre las montañas. Polcenigo, junto a los manantiales de un río. Y Barcis, una pequeña aldea en el Val Cellina.
Nuestra historia de esta noche es larga. Empieza con gente que vivía en casas de madera a orillas de un pantano, hace muchos miles de años. Pasa por una colonia romana y un gran puerto fluvial, por obispos y patriarcas, pueblos amurallados y castillos, molinos, ferias y caminos de montaña. Pasa por el largo dominio de Venecia, y la llegada de Napoleón. Y termina cerca del final del siglo veinte, cuando un pequeño pueblo antiguo de las montañas se levantó de nuevo, piedra por piedra.
No hay nada que tengas que recordar, ni nada que tengas que hacer. Puedes dejar que la historia pase a tu lado, como el agua lenta de un manantial bajo los árboles. Si te duermes antes del final, está perfectamente bien. Para eso es esta velada.
Friuli se encuentra en el extremo norte del mar Adriático. Al norte y al este se alzan los Alpes Cárnicos y los Alpes Julianos. Al sur, una ancha llanura desciende suavemente hacia las lagunas y el mar. Una vieja enciclopedia de 1911 describió esta llanura como «ricamente regada por el Isonzo, el Tagliamento y muchos arroyos menores». En la estación seca estos arroyos llevan poca agua, pero después de la lluvia, o cuando se derrite la nieve, bajan en grandes crecidas.
El Tagliamento es el río principal de Friuli. Baja de las montañas y se extiende por la llanura en un ancho lecho de grava pálida, dividido en muchos canales. Un manual para viajeros de 1866 llamó a su lecho un verdadero «mar de piedras». La grava es tan suelta que gran parte del agua se hunde en la tierra, y vuelve a brotar mucho más abajo, en manantiales tranquilos.
Más al oeste, al pie de las montañas, otro río nace de golpe, de grandes manantiales de agua fría y clara. Es el Livenza. Pasa junto a la ciudad de Sacile y sigue hasta el mar, y durante mucho tiempo marcó el límite occidental de Friuli. Y arriba, en las montañas, el Cellina baja por su propio valle largo, el Val Cellina.
El nombre Friuli es muy antiguo. Viene de Forum Iulii, una ciudad de mercado romana de la época de Julio César o de Augusto, que hoy se llama Cividale. Con el tiempo, el nombre de esa sola ciudad se extendió a toda la región. La gente de aquí tiene una lengua propia, el friulano. Y el antiguo escudo de Friuli muestra un águila coronada sobre un campo azul.
Nuestros cuatro lugares están repartidos por esta tierra. Aquilea está en lo bajo de la llanura, a pocos kilómetros del mar, a orillas de la laguna. Venzone se alza al norte, donde el valle del Tagliamento se une con un valle estrecho llamado Canal del Ferro, en el antiguo camino a Carintia. Polcenigo está al pie de las montañas, junto a los manantiales del Livenza. Y Barcis se encuentra en el corazón del Val Cellina, junto a un lago de agua verde.
Esta noche conoceremos a mucha gente por el camino. Colonos romanos que vinieron a cultivar una frontera, y mercaderes que comerciaban con vino, aceite y ámbar. Un obispo llamado Teodoro, que dejó un gran piso de mosaico. Patriarcas que gobernaron Friuli como príncipes, y los condes de un castillo sobre una colina. Mujeres de las aldeas de montaña que bajaban a pie a la llanura a vender cucharas de madera. Y molineros y cesteros, viajeros y soldados, y la gente de un pequeño pueblo amurallado que no quiso dejarlo desaparecer.
Algunas de las imágenes que verás esta noche son fotografías antiguas, de un gran museo de Ámsterdam. Muchas otras son fotos que tomé yo, en muchas visitas. Fueron tomadas en Barcis y el Val Cellina, en Polcenigo y los manantiales del Livenza, y en Venzone, con unas pocas en Aquilea.
Así que acomódate. Deja que los hombros se aflojen, y que la respiración se haga más lenta. Y empecemos, hace muchísimo tiempo, en un pantano tranquilo al pie de las montañas.
Al pie de las montañas, entre los pueblos de Caneva y Polcenigo, hay una cuenca baja y verde. La alimentan los manantiales del Livenza, y el agua reposa quieta entre los juncos. Se llama el Palù di Livenza. Palù significa simplemente pantano.
Hace mucho tiempo, la cuenca era casi toda pantano, con pequeños estanques e islitas. Desde entonces, una parte se ha desecado. Pero bajo la tierra húmeda, algo se ha conservado a salvo durante muchísimo tiempo.
Mucho antes ya habían pasado por aquí cazadores. Pero hace unos seis mil años, aproximadamente entre el 4500 y el 3600 antes de Cristo, llegó gente para quedarse. Eran agricultores de la Nueva Edad de Piedra, el Neolítico. Y construyeron una aldea a orillas del agua, sobre pilotes de madera.
Sus casas eran rectangulares, y estaban hechas enteramente de madera. Se alzaban sobre el suelo húmedo, apoyadas en cientos de postes clavados en el limo blando. Largas vigas de roble, de tres o cuatro metros de largo, servían de cimientos en el fondo, con agujeros cuadrados que las atravesaban a intervalos regulares, para que pasaran los postes. Algunas paredes estaban en parte revocadas con arcilla, y dentro había hogares. Pequeños trozos de ese revoque de arcilla aún conservan las marcas de los maderos verticales contra los que se apretó.
No hubo una sola aldea, sino varias, una tras otra, con breves periodos entre ellas en que el lugar quedó vacío. Al volver a construir, con los años, orientaban sus casas de un modo un poco distinto, según el terreno, el sol, y la subida y bajada del agua con las estaciones. El último edificio de todos parece haber sido un pequeño almacén, elevado sobre sus postes.
Si pudieras recorrer esa aldea una tarde de verano, podrías ver el humo que subía de los hogares. Alrededor del pantano crecían bosques mixtos de roble, donde vivían ciervos, corzos y jabalíes. La gente cultivaba y almacenaba grano, y los arqueólogos han encontrado incluso lo que parecen ser manzanas silvestres secas, y pequeños trozos de brea de abedul con marcas de dientes humanos, masticados, quizá, como chicle.
También dejaron sus herramientas. Raspadores y cuchillos de sílex, y puntas de flecha de sílex. Cuencos de boca cuadrada, en un estilo de la época. Fusayolas, para hilar, y pequeños sellos de arcilla, quizá para estampar colores. Y, porque la tierra húmeda las ha conservado, cosas de madera: parte de un remo o de una pala, una gran vasija, un mango de hacha, un cucharón a medio tallar, un palo de cavar, y una pequeña cuchara de madera.
Un viejo libro sobre Sacile, impreso en 1868, ya dice de Polcenigo que «hace poco se han hallado en su suelo huellas de la Edad de Piedra.» Las excavaciones cuidadosas empezaron a comienzos de la década de 1980, y de nuevo en 2013, pero solo se ha explorado una parte muy pequeña de la vieja aldea. En 2011, el Palù di Livenza pasó a formar parte de un sitio del Patrimonio Mundial de la UNESCO, los Sitios palafíticos prehistóricos alrededor de los Alpes, que reúne más de cien lugares así en seis países. Es el único en Friuli.
Mucho más tarde, en la Edad del Bronce, desde alrededor del 1800 antes de Cristo, la gente de la llanura abierta de Friuli construyó otro tipo de aldea. Levantaron grandes terraplenes de tierra alrededor de sus casas, de hasta veinte metros de ancho en la base y cuatro o cinco metros de alto. Estas aldeas se llaman castellieri. Estaban a unos ocho o diez kilómetros unas de otras, y entre ellas se alzaban túmulos funerarios, de hasta treinta y cinco metros de diámetro, levantados sobre hombres principales que más tarde fueron honrados como antepasados.
También en Polcenigo hubo un poblado en la Edad del Bronce, al pie de la colina de San Floriano. En la llanura, muchos de los castellieri quedaron vacíos después del siglo octavo antes de Cristo. Pero en el Palù, a lo largo de todos esos largos siglos, los manantiales siguieron brotando, y los juncos siguieron creciendo sobre los postes escondidos.
Ahora viajamos al este, a través de la llanura, hacia el mar. Hace más de dos mil años, la tierra en el extremo norte del Adriático era una frontera. Al norte se alzaban los Alpes. Al este vivían los istrios y los ilirios.
El historiador romano Tito Livio cuenta una historia curiosa. En el año 186 antes de Cristo, un grupo de galos cruzó las montañas desde el norte, por un camino que nadie conocía. No hicieron ningún daño. Simplemente encontraron un trecho de tierra vacía, no lejos de donde hoy se alza Aquilea, y empezaron a construir una ciudad.
Roma envió emisarios, y luego soldados. Tres años después, los galos se rindieron sin luchar. Eran unos doce mil galos armados, según la cuenta de Tito Livio. Explicaron que en su patria eran demasiados, y tenían muy poca tierra, y por eso habían cruzado los Alpes para buscar un lugar donde vivir. El senado respondió que no tenían derecho a construir una ciudad en una tierra que no era suya. Pero ordenó que se les devolvieran sus bienes, y volvieron a casa cruzando las montañas.
El senado añadió una advertencia: «Los Alpes se interponían como una frontera casi infranqueable; a quienes fueran los primeros en hacerlos fáciles de cruzar, sin duda no les iría mejor por ello.» Y poco después el senado decidió fundar una colonia propia cerca de allí, para vigilar la frontera. Debatieron si enviar ciudadanos romanos o colonos latinos. Al final, eligieron colonos latinos.
Y así, en el año 181 antes de Cristo, se fundó la colonia de Aquilea. Se enviaron tres hombres para dirigir el asentamiento: Publio Cornelio Escipión Nasica, Cayo Flaminio y Lucio Manlio Acidino. Con ellos llegaron unos tres mil colonos que habían sido soldados de a pie, con centuriones y jinetes, y sus familias.
Cada soldado de a pie recibió cincuenta iugera de tierra, es decir, unas doce o trece hectáreas. Un centurión recibió cien iugera, y un jinete ciento cuarenta. En el museo de Aquilea hay una piedra que lleva el nombre de Lucio Manlio Acidino, y un relieve de mármol que muestra el arado ritual del primer surco, como hacían los romanos al fundar una ciudad.
Un geógrafo griego, Estrabón, escribió que la ciudad se fundó como fortaleza contra los pueblos que vivían por encima de ella, al norte. Los primeros años no fueron fáciles. Los istrios intentaron impedir que la colonia llegara siquiera a construirse.
Diez años después de la fundación, llegaron a Roma emisarios de Aquilea. La suya era una colonia nueva, dijeron, todavía mal defendida, situada entre dos pueblos hostiles, los istrios y los ilirios. Dos años más tarde, en el 169 antes de Cristo, se enviaron mil quinientas familias más para unirse a ellos. Una piedra hallada en el foro recuerda a uno de los hombres que las guiaron, Tito Annio. Cuenta cómo escribió las leyes de la colonia, añadió miembros a su consejo, y construyó un templo.
La nueva ciudad se trazó en una cuadrícula regular, con murallas desde el principio. Su forma seguía las curvas del río Natiso, que corría a lo largo de sus lados este y sur. Los barcos mercantes podían remontar ese río desde el mar a lo largo de unos once kilómetros, hasta la misma ciudad.
¿Y de dónde vino el nombre de Aquilea? Una vieja historia, contada por el emperador Juliano en el siglo cuarto, dice que «en el momento de la fundación de la ciudad un águila de Zeus pasó volando por la derecha, y así otorgó al lugar el presagio tomado del ave.» La palabra latina para águila es aquila, y así, según cuenta la historia, la ciudad se llamó Aquilea, la ciudad del águila.
Otros pensaron que venía de aqua, agua. Pero nadie está seguro del todo. El nombre puede ser más antiguo que la colonia, el nombre de algún lugar o río anterior. Hoy, en friulano, la ciudad se llama Aquilee, y en esloveno, Oglej.
Con el tiempo, la colonia de frontera se convirtió en algo mucho mayor. Aquilea llegó a ser una de las grandes ciudades del mundo romano. Nadie sabe exactamente cuánta gente vivía allí. Decenas de miles, y quizá hasta cien mil.
Su riqueza venía del agua. La ciudad estaba a pocos kilómetros del mar, a orillas de la laguna, y el río que corría a su lado era lo bastante ancho para los barcos. Aquí el río se ensanchaba hasta casi cincuenta metros. Y a lo largo de su orilla derecha, por más de trescientos metros, se extendían los muelles del puerto.
Los muelles se reconstruyeron a comienzos del siglo primero después de Cristo. Eran de altas losas verticales de caliza, coronadas por bloques escuadrados bien ajustados, que formaban una amplia plataforma de carga. Unos dos metros más abajo corría un segundo paseo, junto al agua, donde podían amarrar las barcas menores. Tres rampas inclinadas subían desde los muelles a las calles de la ciudad.
A lo largo de esos muelles todavía puedes ver grandes bloques de piedra que sobresalen a intervalos regulares, cada uno atravesado por un agujero vertical. Quizá sostenían postes de amarre, o las bases de grúas de madera. Y aquí y allá, rayados en la piedra de los paseos, hay pequeños tableros de juego, donde marineros y estibadores pasaban el rato. Detrás de los muelles se alzaba un único edificio largo de ladrillo, de más de trescientos metros de largo y no más de trece de ancho, probablemente una hilera de almacenes.
¿Qué pasaba por este puerto? Estrabón nos cuenta que Aquilea era un mercado para los pueblos que vivían tierra adentro, hacia el Danubio. Cargaban sus carretas con «los productos del mar, y vino guardado en vasijas de madera, y también aceite de oliva», y los llevaban tierra adentro. A cambio traían ganado y cueros.
También llegaba ámbar a Aquilea, desde las lejanas costas del norte. El escritor romano Plinio dice que los germanos llevaban el ámbar a Panonia, y que desde allí hasta las costas donde se hallaba era un viaje de unos novecientos kilómetros. Una guía de viaje de 1913 decía simplemente que los principales productos de la ciudad eran el ámbar y los objetos de vidrio.
Desde la ciudad salían caminos en todas direcciones. La Vía Postumia, construida en el 148 antes de Cristo, iba hacia el oeste por la llanura hasta Génova. Al norte, un camino subía por el valle del Tagliamento y cruzaba los Alpes hacia el Nórico. Otros iban al este, hacia Emona y Panonia, y a Trieste e Istria. Y en el siglo segundo antes de Cristo, se halló oro al norte, cerca de donde hoy está Klagenfurt, y eso también atrajo comerciantes a Aquilea.
También vinieron emperadores. Augusto se alojó en Aquilea durante sus guerras en Panonia. Y hacia el año 10 antes de Cristo recibió aquí a un visitante, el rey Herodes de Judea. Mucho más tarde, en el siglo cuarto, la ciudad tenía un palacio imperial, una ceca donde se acuñaban monedas, y una base para la flota.
En el corazón de la ciudad estaba el foro, una plaza abierta de unos ciento cuarenta metros de largo y cincuenta y cinco de ancho, enlosada con piedra caliza del cercano Karst. A sus lados corrían pórticos con tiendas, y sobre ellos había cabezas talladas de Júpiter Amón y de Medusa, una por Oriente y otra por Occidente. Cerca corre una calle que hoy lleva el nombre de la mujer que pagó su empedrado, Aratria Galla. Algunas columnas del foro vuelven a estar hoy en pie, levantadas de nuevo en la década de 1930.
Hacia el final del siglo cuarto, un poeta de la Galia llamado Ausonio escribió un pequeño poema sobre las ciudades famosas del mundo. Puso primero a Roma, luego a Constantinopla, Cartago, Antioquía y Alejandría, y después a Tréveris, Milán y Capua. Y en el noveno lugar de su lista venía Aquilea, «colonia de Italia, vuelta hacia los montes de Iliria y muy famosa por sus murallas y su puerto.»
Detrás de los muelles y del concurrido foro, la gente de Aquilea vivía y trabajaba. Muchas de las casas más ricas se construían alrededor de jardines o patios enlosados, con pórticos, fuentes y estatuas. Sus paredes estaban pintadas, o revestidas con placas de mármol. Y sus pisos estaban cubiertos de mosaico.
En Aquilea se hicieron mosaicos durante más de cinco siglos, desde finales del siglo primero antes de Cristo hasta el siglo quinto después de Cristo. En las casas entre el foro y el puerto fluvial, los arqueólogos han encontrado una ninfa marina, una nereida, montada en un toro marino. Han encontrado zarcillos de vid enroscados, y un tipo de piso que los griegos llamaban la habitación sin barrer. Estos pisos seguían modelos griegos y orientales, pero los hicieron aquí hábiles artesanos locales.
Miremos una casa. Se construyó a comienzos del siglo primero después de Cristo, entre dos calles. En el centro había un jardín, con un sendero de mosaico y una fuente. A un lado, las tiendas se abrían a la calle, y al otro había un atrio con cuatro columnas. Una pesa de piedra hallada allí lleva un nombre, Tito Macro, probablemente el nombre del hombre que era dueño de la casa.
Imagina una cena en una casa así. Los banquetes se celebraban por la tarde o por la noche, en grandes salas decoradas, a la luz suave de lámparas de aceite de arcilla o de bronce. En la cocina había ollas y sartenes, platos, tinajas, tablas de picar y cuchillos, de arcilla, vidrio, piedra y metal.
Por toda la ciudad, la gente fabricaba cosas. Los vidrieros recogían vidrio roto y lo volvían a fundir. Con el tiempo aprendieron a soplar su vidrio, libremente o en moldes. Entre los vidrios hallados en Aquilea hay pequeñas botellas para ungüentos y perfumes.
El ámbar venía del lejano norte, y Aquilea era uno de los grandes lugares donde se tallaba y se vendía. La gente creía que el ámbar podía curar, y proteger contra el mal de ojo. Plinio nos cuenta que las campesinas del otro lado del río Po llevaban collares de ámbar, en parte como adorno y en parte por sus virtudes curativas. Y notó algo más: «por su transparencia, se ven dentro ciertos objetos, hormigas por ejemplo, mosquitos y lagartijas.»
Aquí trabajaban también talladores de gemas, a menudo con piedras traídas por mar, y tallaban figuras diminutas como Eros y Psique. Los ladrilleros estampaban su nombre en sus ladrillos, y uno de ellos rayó una advertencia en la arcilla fresca, sobre alisar seiscientos ladrillos, mitad broma, quizá, y mitad amenaza. La lápida de un herrero lo muestra en su yunque con martillo y tenazas, mientras un ayudante maneja el fuelle. A su lado están las cosas que hacía: pinzas, un martillo, una lima, un candado.
Fuera de las murallas, junto a los caminos, estaban las tumbas. Una guía de viaje de 1913 describe las tumbas romanas que «antes flanqueaban los caminos fuera de las puertas de la ciudad.» Había lápidas y placas sencillas, altares, sarcófagos de piedra y de plomo, pequeñas tumbas en forma de capilla, y urnas con tapas altas y puntiagudas. Hasta el siglo segundo después de Cristo, la mayoría era incinerada, y sus cenizas se ponían en urnas de piedra, vidrio, cerámica, plomo, o incluso alabastro.
Un tramo de estas tumbas todavía puede verse hoy. Cinco recintos familiares, cada uno cerrado por su propio muro, se alzan junto a un pequeño camino que sale de la ciudad. Pertenecían a familias llamadas Statia, Iulia, Trebia y Cestia, y a otra cuyo nombre se ha perdido. Se usaron desde el siglo primero después de Cristo, y se descubrieron en 1940 y 1941.
Y en el museo está la lápida de una mujer llamada Bassilla. Era una actriz griega de mimo, que murió mientras su compañía estaba de gira en Aquilea. El jefe de su compañía le escribió unos versos, en griego. A una gran ciudad portuaria llegaba gente de muchas tierras, y algunos, como Bassilla, se quedaron para siempre.
Durante largos años, Aquilea vivió mayormente en paz. Sus viejas murallas apenas hacían falta, y en muchos lugares, poco a poco, se desmoronaron y cayeron. Luego, en el año 238 después de Cristo, la paz se rompió.
Ese año, el senado de Roma se volvió contra el emperador Maximino, un emperador soldado conocido como el Tracio, y eligió a otros emperadores en su lugar. Maximino marchó hacia Italia con su ejército. La primera ciudad en su camino, Emona, la encontró vacía y abandonada. Cruzó los Alpes y bajó a la llanura. Y allí supo que Aquilea, la ciudad más grande de esa parte de Italia, le había cerrado sus puertas.
Un historiador griego de la época nos cuenta cómo se preparó la gente. Repararon la vieja muralla, reconstruyeron los tramos caídos, y añadieron torres y almenas. Luego cerraron las puertas, y permanecieron juntos en la muralla, de día y de noche. Dos senadores que habían sido cónsules, Crispino y Menófilo, tomaron el mando. Habían llevado a la ciudad provisiones de todo tipo, y había agua suficiente de los muchos pozos dentro de las murallas, y del río que corría a sus pies.
Maximino envió emisarios a las murallas, entre ellos un oficial nacido en Aquilea, para convencer a la gente de que abriera las puertas. Los emisarios gritaron su mensaje desde abajo, y la gente en las murallas escuchó en silencio. Pero Crispino, un hombre digno y un buen orador en latín, recorrió la muralla y los animó a resistir. Y resistieron.
La gente de Aquilea tenía su propio dios, Beleno, un antiguo dios celta de la curación, al que comparaban con Apolo. La mayoría de las piedras que llevan su nombre proceden de Aquilea, y en el museo se guarda una base dedicada a Apolo Beleno. Por medio de oráculos y adivinos, el dios prometió la victoria. Más tarde, algunos soldados dijeron que habían visto al dios de la ciudad en el cielo, luchando por su gente. El historiador griego dice con honestidad que no puede saber si era verdad.
Era primavera, y las nieves de las montañas se derretían. A unos veinticinco kilómetros de la ciudad, Maximino llegó a un gran río, ancho y profundo, y encontró roto su puente de piedra. Durante dos o tres días su ejército esperó en la orilla. Luego sus ingenieros vieron muchos toneles de vino vacíos, de madera, tirados en los campos desiertos. Ataron los toneles entre sí, pusieron tablones encima, extendieron tierra sobre los tablones, y así hicieron un puente flotante.
El campo alrededor de Aquilea era hermoso en esa estación. El historiador describe árboles plantados en largas hileras regulares, con vides tendidas de uno a otro, de modo que los campos parecían vestidos para una fiesta.
El asedio duró muchas semanas. Toda la población defendió las murallas, dice el historiador, también las mujeres y los niños. Un escritor antiguo, no siempre fiable, cuenta una historia famosa. Dice que, «a falta de cuerdas de arco con que disparar sus flechas, hicieron cuerdas con el cabello de las mujeres.»
Fuera de las murallas, fueron los sitiadores quienes empezaron a pasar hambre. El senado había cerrado los caminos y puertos de Italia, y no llegaba comida al campamento. Así, el ejército que sitiaba la ciudad estaba, en cierto modo, sitiado él mismo. Al final, un día a mediodía, en una pausa de la lucha, el emperador murió en su campamento a manos de sus propios soldados.
Lo que pasó después es la parte más amable de la historia. La gente de Aquilea montó un mercado sobre sus murallas, y vendió comida y bebida, ropa y zapatos, a los soldados hambrientos de abajo. Poco después llegó de Rávena el nuevo emperador, Máximo, y las puertas de Aquilea se abrieron para recibirlo. Hoy, en el museo, un altar tallado con figuras de Roma y de Aquilea aún recuerda aquel largo asedio.
En el año 313, un edicto promulgado en Milán concedió a los cristianos la libertad de practicar su culto abiertamente. En Aquilea, el obispo de aquellos años era un hombre llamado Teodoro. Sabemos un poco sobre él. En el año 314, él y su diácono, Agatón, firmaron las actas de un concilio de obispos celebrado en Arlés. Y murió hacia el año 319.
Poco después del 313, Teodoro construyó la primera gran iglesia de Aquilea. En realidad era un conjunto de edificios. Había dos largas salas, una al lado de la otra, cada una de unos treinta y siete metros de largo y veinte de ancho, unidas por una sala transversal, con un baptisterio y las habitaciones de la casa del obispo. Se construyeron sobre edificios romanos más antiguos, probablemente almacenes del puerto fluvial.
El piso de la sala sur estaba cubierto por completo de mosaico. Mide unos setecientos sesenta metros cuadrados, el mosaico de piso paleocristiano más grande de Occidente. Se dispuso en cuatro grandes secciones, una tras otra, desde la entrada hacia adentro.
En la primera sección hay dibujos de lazos entrelazados, con retratos y animales. Más tarde se añadió un pequeño panel, con un gallo que lucha con una tortuga. En la segunda sección hay retratos en medallones redondos, entre ellos las Estaciones. Y está el Buen Pastor, con una oveja sobre los hombros, de pie en una postura serena y clásica. A su alrededor, en pequeños paneles de ocho lados, hay peces, un ciervo, una gacela, pájaros posados en ramas, y cigüeñas.
En la tercera sección, donde estaba el altar, hay una Victoria alada, que sostiene una corona y una palma. Y la cuarta sección es un solo mar enorme. Está lleno de peces, con pulpos y sepias, delfines y patos. Hay pequeñas figuras aladas que pescan, como las describen las guías antiguas. Y a través del agua corre la historia de Jonás. Lo arrojan de un barco, se lo traga un gran monstruo marino, lo vuelve a expulsar, y al final descansa a la sombra de una planta de calabaza.
En medio del mar hay un medallón redondo, con una inscripción en latín. Empieza con las palabras Theodore felix, Teodoro feliz. En español, sus palabras le dicen a Teodoro que, con la ayuda de Dios todopoderoso y del rebaño que el cielo le dio, ha hecho dichosamente todas las cosas y las ha dedicado con gloria. Como se dirige a Teodoro, probablemente se colocó después de su muerte.
La gente caminó sobre ese piso solo unos ochenta años. Luego quedó cubierto por edificios posteriores, y permaneció oculto unos quince siglos, a cerca de un metro bajo el piso de la iglesia posterior. Encima de él, generaciones de personas fueron y vinieron, y nunca supieron lo que había bajo sus pies.
En 1894, una revista italiana describió la vieja basílica, sola entre huertas, con un piso a cuadros de mármol blanco y rojo. Por esos años, un pequeño sondeo cerca de la tumba de un patriarca reveló un fragmento de mosaico: cuatro grandes peces que nadaban en una red de pesca. Durante mucho tiempo solo pudo verse por una trampilla en el piso.
Luego, en el verano de 1909, la iglesia se cerró por reparaciones. A fines de julio, unos obreros que cavaban junto al muro sur, a más de un metro de profundidad, dieron con una capa de mosaico de colores. A comienzos de agosto ya estaba claro que el viejo piso se extendía por toda la iglesia. Un estudioso friulano, Pio Paschini, leyó correctamente las palabras de la inscripción, y el nombre de Teodoro volvió a la luz.
Imagina a los obreros quitando la tierra con el cepillo, y los colores apareciendo uno a uno, los peces, los pájaros, el Buen Pastor. En los años siguientes, hasta 1915, todo el gran piso se descubrió, trozo a trozo, y el mar de peces de Teodoro quedó de nuevo a la vista.
Aquilea ya había resistido antes. En el año 401, aguantó frente a los visigodos de Alarico. Y su gente aún recordaba, al parecer, cómo sus antepasados habían resistido una vez a Maximino.
En la primavera del 452, Atila, rey de los hunos, cruzó los Alpes hacia Italia. La primera ciudad que atacó fue Aquilea. Un escritor del siglo sexto, Jordanes, la describe como la ciudad principal de Venetia, sobre una punta de tierra junto al Adriático, con el río, que él llama el Natissa, bañando sus murallas por el lado este. El asedio, dice, fue largo y duro, porque valientes soldados defendían la ciudad desde dentro.
Y aquí llegamos a una vieja historia, contada por dos escritores del siglo sexto. En la versión de Jordanes, el ejército de Atila estaba cansado y quería irse. Atila caminaba alrededor de las murallas, pensando si levantar el campamento, cuando notó algo. Las cigüeñas, escribe Jordanes, «que hacen sus nidos en los frontones de las casas, sacaban a sus crías de la ciudad y, contra su costumbre, las llevaban al campo.» Atila dijo a sus soldados que las aves prevén el futuro.
El otro escritor, el historiador griego Procopio, la cuenta de forma un poco distinta. En su versión, el asedio había durado tanto que Atila había ordenado a su ejército partir al amanecer. Esa mañana, una sola cigüeña, un padre que tenía su nido en una torre de la muralla, alzó el vuelo y se fue con sus pequeños. Todavía no estaban del todo listos para volar. Así que a veces volaban a su lado, y a veces iban montados sobre su espalda.
Atila, en esta historia, lo tomó como una señal, y ordenó a su ejército quedarse donde estaba. Y poco después, cuenta la historia, justo la parte de la muralla donde la cigüeña tenía su nido se derrumbó por sí sola. Un historiador inglés del siglo dieciocho, Edward Gibbon, comentó que no es fácil decidir cuál de las dos versiones fue la primera.
En el verano del 452, tras un largo asedio, la ciudad fue tomada y en gran parte destruida. Jordanes escribió que apenas quedó rastro de ella, pero eso no era del todo cierto. Aquilea siguió viva más de cien años. Sin embargo, la sala norte de la iglesia de Teodoro se quemó en aquellos días, y nunca se reconstruyó.
Atila siguió hacia otras ciudades de la llanura, y luego a Milán y Pavía. Al fin, junto al río Mincio, el papa León salió a su encuentro, y Atila volvió atrás cruzando los Alpes.
Mucha gente encontró refugio en las islas de la laguna, donde, con el tiempo, crecerían Grado y Venecia. Era un mundo tranquilo de aguas poco profundas e islas pequeñas. Gibbon, basándose en una carta escrita unos setenta años después, dijo que la gente de la laguna vivía como las aves acuáticas, con sus nidos fijos sobre las olas. «El pescado era el alimento común, y casi universal, de todas las clases: su único tesoro era la abundancia de sal, que sacaban del mar.»
En Friuli todavía se cuentan otras historias sobre Atila. En Udine, se dice que la colina donde está el castillo la levantaron sus soldados, para que él pudiera ver arder Aquilea a lo lejos, al otro lado de la llanura. Las viejas guías lo llamaban una tradición, y la colina, en realidad, es mucho más antigua que Atila.
Y en los alrededores de Aquilea está la leyenda del pozo de oro. Se dice que, al huir, los habitantes escondieron su tesoro en un pozo, y que nadie volvió a encontrarlo. Se dice también que, hasta la Primera Guerra Mundial, cuando se vendía un campo cerca de Aquilea, la escritura llevaba a veces una línea curiosa: Te vendo el campo, pero no el pozo de oro.
Incluso en sus tiempos más duros, Aquilea siguió siendo la sede de una gran iglesia. Una antigua tradición decía que el propio san Marcos había predicado allí, y que san Hermágoras fue su primer obispo. Hermágoras y Fortunato llegaron a ser los santos patronos de la ciudad.
La palabra patriarca viene del griego, y significa algo así como padre y gobernante. En los primeros siglos era un título honorífico, que se daba a los obispos de las iglesias más importantes. Los obispos de Aquilea empezaron a usarlo en el siglo sexto, en una época de disputas. En el 553, un concilio en Constantinopla condenó tres escritos, conocidos como los Tres Capítulos. Los obispos del norte de Italia, encabezados por el obispo de Aquilea, se negaron a aceptarlo, y rompieron con Roma. Fue durante esta larga disputa cuando el obispo de Aquilea tomó el título de patriarca.
En el 568, los lombardos bajaron a Italia. El patriarca dejó Aquilea por la isla de Grado, y se llevó consigo todo el tesoro de su iglesia. Grado estaba cerca de tierra firme, pero fuera del alcance de los lombardos, que no tenían barcos. Pablo el Diácono, un historiador nacido en Cividale, añade un recuerdo de aquel año: «Este año, a comienzos del invierno, cayó en la llanura tanta nieve como suele caer en las cumbres de los Alpes, y al verano siguiente hubo una fertilidad tan grande como ninguna otra época dice recordar.»
A comienzos del siglo séptimo, la iglesia se dividió. Un patriarca vivía en Grado, bajo la protección del Imperio bizantino. Otro fue elegido en la vieja Aquilea, bajo los lombardos. Como dice Pablo el Diácono, «desde entonces empezó a haber dos patriarcas.»
Los patriarcas de tierra firme se trasladaron de un lugar a otro. En el siglo octavo se establecieron en Cividale. Más tarde volvieron a Aquilea, y en el siglo trece se mudaron a Udine.
En la primera mitad del siglo once hubo un patriarca llamado Poppo, amigo del emperador Conrado Segundo. Un terremoto había dañado la vieja iglesia de Aquilea, y Poppo la reconstruyó. El trece de julio de 1031, fiesta de Hermágoras y Fortunato, la nueva basílica fue consagrada y dedicada a la Virgen María. En el ábside, un fresco todavía muestra la consagración, en presencia del emperador Conrado.
Bajo el altar hay una cripta, hecha en el siglo noveno para guardar las reliquias de Hermágoras y Fortunato. Sus paredes están cubiertas de frescos medievales que cuentan la leyenda de san Marcos. En la nave izquierda hay una pequeña capilla redonda de mármol, hecha en 1031 como copia del Santo Sepulcro.
Junto a la iglesia, Poppo levantó un gran campanario, de unos setenta y tres metros de alto, construido con piedras tomadas del viejo anfiteatro romano. Su parte superior se añadió en el siglo catorce.
La iglesia volvió a cambiar en los siglos siguientes. Después del gran terremoto de 1348, el patriarca Marquardo reconstruyó la nave en estilo gótico. Más tarde aún, carpinteros venecianos le hicieron un techo de madera, con forma de quilla de barco.
Los patriarcas no eran solo hombres de iglesia. En 1077, el rey, y más tarde emperador, Enrique Cuarto, dio al patriarca Sigehard los derechos de un duque sobre Friuli. Por tradición, este es el comienzo del Estado patriarcal, que la gente llamaba la Patria del Friuli. En su apogeo, llegó también al Cadore, a Trieste, y a partes de Istria, Carniola y Carintia. Y tenía un parlamento, donde se sentaban juntos nobles, clero y ciudades.
Los patriarcas acuñaban sus propias monedas. Una guía de viaje de 1913 habla de un museo de Udine que guardaba una serie completa de las monedas de todos los patriarcas de Aquilea. Y la misma guía describe una sala del trono en el palacio arzobispal de Udine, con los retratos de todos los patriarcas, uno tras otro, mirando en silencio desde las paredes.
Dejamos ahora la laguna, y la vieja basílica de los patriarcas, con su alto campanario que se alza sobre los campos. Viajamos al norte, a través de la ancha llanura de Friuli, hacia las montañas. Poco a poco la tierra empieza a subir. Los campos dan paso a anchos lechos de piedras pálidas, y luego a laderas boscosas. Y al fin llegamos a un lugar donde las montañas se cierran, y el gran río Tagliamento baja de los Alpes.
Aquí, donde se unen dos valles, se alza el pequeño pueblo amurallado de Venzone. Un valle sube por el Tagliamento, hacia las montañas de la Carnia. El otro, estrecho y empinado, sigue el río Fella hacia Pontebba y Tarvisio, y las tierras de Carintia más allá de los Alpes.
Este segundo valle se llama el Canal del Ferro, el valle del Hierro. Sus laderas son empinadas y boscosas, con rocas que asoman entre los árboles. Su nombre, que aparece en documentos del siglo trece, viene del antiguo comercio del hierro, que bajaba por aquí desde las minas de Estiria y Carintia, hacia los puertos del Adriático.
La gente viajaba por aquí desde hacía muchísimo tiempo. Ya era una ruta en tiempos de los celtas. En época romana, un camino llamado la Vía Iulia Augusta subía desde Aquilea por estos valles, hacia la provincia del Nórico, y se han hallado restos de un pequeño puesto romano cerca del lugar donde hoy se alza la catedral de Venzone.
Un manual inglés para viajeros, impreso en 1858, sigue el viejo camino que baja del norte, por un valle estrecho encerrado entre montañas de caliza, junto a forjas de hierro, hasta Pontebba, donde una torre sobre un puente de piedra marcaba la frontera. Lo dice con sencillez: Pontebba está en un paso estrecho, entre altas montañas, que, podría decirse, forman la puerta de Italia.
En el año 1001, el emperador Otón Tercero dio al patriarca de Aquilea derechos sobre las angosturas del valle, y sobre los pastos del Canal del Ferro. Así, los patriarcas, a quienes dejamos junto a su basílica cerca del mar, vigilaban ahora la puerta del norte.
Los mercaderes no podían simplemente pasar de largo. Venzone era un puesto de aduana, y todo mercader debía detenerse. Allí vivía una comunidad de hablantes de alemán, y en alemán el pueblo tenía un nombre propio, Peuscheldorf. Las mercancías iban y venían, y el pequeño pueblo creció.
Hacia el año 1200, los patriarcas dieron Venzone en feudo a una familia noble, los señores de Mels. Y en el siglo trece, en obras que suelen fecharse a partir de 1258, Glizoio de Mels empezó a construir sus murallas. Eran dos anillos, de caliza gris, con un foso profundo alimentado por el arroyo de montaña, y unas quince torres. Alrededor de todo el pueblo, las murallas se extendían unos mil trescientos metros. De las antiguas puertas, aún se conserva una del siglo catorce, la puerta de San Genesio, una torre de vigía en una esquina de las murallas interiores.
En los años siguientes, Venzone cambió de manos varias veces. Pasó a los condes de Gorizia, y en 1336 el patriarca Bertrando lo recuperó. Bertrando dio al pueblo el derecho a cobrar la muta, el peaje sobre las mercancías, que hasta entonces se cobraba en otros lugares de los valles. Había también un mercado semanal, al que bajaban los campesinos de los valles. En 1381 Venzone pasó a ser una comunidad libre, con un consejo de los Cuarenta y un asiento en el Parlamento de Friuli. Y en 1420, como el resto de Friuli, quedó bajo Venecia.
Bajo Venecia al pueblo le fue bien, y vivían allí más de dos mil personas. Pero poco a poco el viejo camino perdió importancia, y para 1858 el manual inglés encontró a Venzone viviendo de la cría de gusanos de seda. Luego, en 1876, el ferrocarril atravesó el valle, y el comercio del pequeño pueblo se volvió aún más tranquilo.
Dentro de las murallas de Venzone se alza una gran iglesia de piedra, la catedral de San Andrés. San Andrés Apóstol es el patrono del pueblo, y su fiesta cae el treinta de noviembre, a las puertas del invierno.
Mucho antes de la catedral ya había una iglesia en este lugar. Los hallazgos cerca de su fachada sugieren que ya existía aquí una pequeña iglesia en el siglo sexto. A mediados del siglo trece, Glizoio de Mels, el señor que construyó las murallas, hizo ampliar la vieja iglesia. Luego, en los primeros años del siglo catorce, se reconstruyó, según el proyecto de un maestro constructor de la cercana Gemona. Era el maestro Giovanni, llamado Griglio, que también trabajó en la catedral de Gemona. Una de las puertas de la catedral de Venzone, en el lado norte, lleva la fecha de 1308.
En 1338, la nueva iglesia fue consagrada por el patriarca Bertrando, el mismo que había recuperado el pueblo dos años antes. Bertrando fue un eclesiástico reformador, y tras su muerte se lo veneró como beato. Una descripción de la iglesia, escrita en 1568, cuenta que guardaba reliquias en vasos de oro y plata, regalos de los patriarcas, y sobre todo de Bertrando, que parece haber querido mucho a este pueblo.
Durante mucho tiempo la iglesia de Venzone fue hija de la iglesia más antigua de Gemona. Solo en 1391 el papa la convirtió en parroquia propia. Aun entonces, Venzone pagaba a Gemona veinticinco ducados al año, y cada año, en Pentecostés, la gente de Venzone iba en procesión hasta Gemona.
La catedral está construida en un estilo entre el románico y el gótico. Su planta es de cruz latina, con una sola nave y un crucero ancho y luminoso. Al fondo hay tres ábsides, flanqueados por dos torres. Por fuera, los ábsides tienen muchos lados, con contrafuertes en las esquinas, y sobre los contrafuertes hay pequeñas pirámides de piedra y estatuas. Hay cuatro campanas, colgadas para balancearse a la manera friulana.
Hay tres puertas. Sobre la puerta norte, Cristo da su bendición. Sobre la puerta sur, la Virgen es coronada. Sobre la puerta principal, tallada a mediados del siglo catorce, está la Crucifixión. Y en el lado norte, seis relieves redondos de piedra en estilo véneto-bizantino están empotrados en el muro.
Dentro hay frescos. Uno muestra la consagración de la propia catedral. Otro, pintado hacia 1350 por la escuela de Vitale da Bologna, muestra a san Martín y el mendigo. Otro muestra a san Jorge y el dragón. Hay una Piedad de piedra de comienzos del siglo quince, y una Lamentación tallada de ocho figuras. Y en 1792, el organero Gaetano Callido hizo un órgano para la iglesia.
No lejos de allí, en la plaza principal, se alza el palacio municipal. Es un edificio gótico, construido hacia 1400. En la planta baja hay una logia abierta, y en su pared del fondo hay frescos del pintor Pomponio Amalteo. Una ancha escalera sube por fuera hasta el piso superior, donde las ventanas tienen elegantes lóbulos góticos. Una pequeña torre en la esquina tiene un reloj, y el león de San Marcos, el emblema de Venecia. Y por las paredes están los escudos de las antiguas familias de Venzone.
Si subieras esa escalera exterior, y entraras en la sala del consejo, encontrarías una Virgen de madera del siglo quince. Y en la pared, un fresco más antiguo, del siglo catorce, de san Eloy, patrono de herreros y herradores, con dos caballeros justando a su lado.
Tanto la catedral como el palacio municipal tendrían que ser reconstruidos un día, piedra por piedra, como oiremos mucho más adelante. Pero por ahora, dejémoslos en pie, tranquilos, a la luz de la tarde, como estuvieron durante muchos siglos, con las montañas alrededor.
Venzone tiene una historia más que contar, y es curiosa. La contaremos en voz baja, y con delicadeza.
En 1647 se hacían unas obras en la catedral, para dejar sitio a una nueva capilla, la capilla del Rosario. Se abrió una vieja tumba del siglo catorce, una tumba con el escudo de los Scaligeri de Verona. Dentro yacía el cuerpo de un hombre. Pero no se había convertido en polvo. Su cuerpo se había secado, y se había vuelto muy liviano, casi como pergamino.
Una revista estadounidense de 1906, que traducía un relato francés, lo describió. Era un hombre de estatura mediana, y pesaba solo quince kilogramos, aunque en vida parece haber sido bastante corpulento. La gente empezó a llamarlo il Gobbo, el Jorobado. Había muerto, al parecer, hacia mediados del siglo catorce.
Eso fue solo el comienzo. Con los siglos, se hallaron más de estos cuerpos secos en las tumbas bajo el piso de la catedral, unos cuarenta en total. Pero no todas las tumbas hacían esto. El mismo relato de 1906 dice que solo once tumbas, todas cerca del altar mayor, tenían este curioso poder. Parecían muy comunes. Eran pequeñas cámaras de mampostería, cerradas con losas de piedra.
Los cuerpos se secaban en poco más de un año. La piel se volvía de un color pardo amarillento, como cuero curtido. El autor de 1906 lo dijo así: Son extremadamente livianos, y al golpearlos suenan como un montón de pergamino.
Por qué ocurría, nadie está del todo seguro. Antes se creía que en las tumbas crecía un moho fino, un moho tan ávido de humedad que secaba los cuerpos antes de que pudieran descomponerse. Un libro impreso en Milán en 1831 tenía incluso un dibujo de él. El relato de 1906 añade que un cuerpo puesto en un ataúd de zinc sellado no se convirtió en momia en absoluto.
Los escritores locales hablaban también de un mineral del suelo, el sulfato de calcio. Luego, en 1983, un científico estadounidense, Arthur Aufderheide, buscó el moho, y no pudo encontrarlo. Pensó que el suelo seco de caliza, y el resguardo de la iglesia de arriba, eran razones más probables. Y así, la pregunta sigue abierta.
Frente a la catedral se alza una pequeña capilla redonda, la capilla de San Michele, construida en el siglo trece, con una cripta debajo. Durante mucho tiempo las momias se guardaron en esa cripta. En la década de 1840 se subieron a la capilla de arriba, que llegó a conocerse como el Museo de las Momias. Desde el siglo dieciocho se mostraban los cuerpos a los visitantes. El manual inglés de 1858 los menciona en una sola línea: Los cuerpos de los muertos en esta iglesia se conservan de forma natural en estado de momias. La tradición local dice incluso que Napoleón vino a verlos.
En 1950, un fotógrafo estadounidense vino a Venzone, y las momias salieron en un reportaje gráfico de una revista famosa. Con los años, también vinieron estudiosos a investigarlas, y escribieron libros y artículos sobre ellas.
El último entierro en las tumbas de la catedral fue en 1881. Como señaló el autor de 1906, la ley de Italia ya no permitía enterrar dentro de las iglesias. Y así las momias de Venzone ya no podían aumentar en número, y el extraño don de las tumbas se volvería solo un recuerdo.
Hoy, cinco de ellas descansan en la cripta de San Michele, en la penumbra bajo la capilla redonda. Yacen allí muy quietas, livianas como hojas secas, guardando su viejo secreto. Afuera, las campanas de la catedral dan las horas sobre la plaza, y las montañas rodean el pequeño pueblo, como siempre.
Desde Venzone, volvamos a cruzar la llanura de Friuli, pasando junto al ancho lecho de piedras del Tagliamento, y sigamos hacia el oeste, hasta donde la llanura vuelve a encontrarse con las montañas, al pie del Monte Cavallo. Aquí está Polcenigo.
El viejo pueblo está en un valle estrecho, a lo largo de un arroyo pequeño y rápido llamado el Gorgazzo. Algunas de sus casas fueron en otro tiempo molinos y forjas, construidos sobre el agua. Y al norte del pueblo se alza una colina. En lo alto estaba el castillo de Polcenigo.
Un viejo libro sobre Sacile y su comarca se imprimió en 1868. Describe el lugar así: Sobre una colina que se alza casi en medio de una pequeña llanura, cerrada por el monte, el Gorgazzo y las colinas, unas pocas ruinas recuerdan todavía el antiguo castillo.
Antiguamente, Polcenigo también se llamaba Paucenigo, o Pulcenico. El castillo se nombra por primera vez en el año 963, en una concesión del emperador Otón Primero al obispo de Belluno. Hacia los siglos once y doce pertenecía a una familia de señores que tomaron de él su nombre, los señores de Polcenigo, que más tarde fueron condes. Eran una antigua familia noble del Estado patriarcal, con un asiento en su Parlamento. La tradición familiar afirmaba incluso que sus antepasados habían venido de Francia, hace mucho tiempo.
El castillo medieval tenía una torre fuerte, la torre del homenaje, y dos anillos de murallas con almenas. El pueblo creció a lo largo del anillo sureste, y a comienzos del siglo trece el castillo se amplió para incluirlo. Los señores de Polcenigo poseían también Fanna, en las colinas del este, con otro castillo encima, llamado Mizza.
En viejos papeles nos llegan pequeños destellos de su vida. En 1219 se redactó una escritura en el pórtico de la iglesia del castillo, la iglesia de San Pietro. Y en 1295, una dama de la familia, Hengerada, esposa de Gerardo de Polcenigo, dejó dinero en su testamento para reparar un cáliz de esa iglesia.
Pasaron los siglos. A comienzos del siglo diecisiete, dos condes de Polcenigo, los hermanos Giovanni Battista y Marzio, fueron capturados por los turcos, y se vendió parte del castillo para pagar su rescate. Sus pesados grilletes de hierro se colgaron, como ofrenda de gratitud, en una iglesia junto a los manantiales del Livenza, que visitaremos pronto. En ese mismo siglo el viejo castillo fue destruido por un incendio, y a comienzos del siglo dieciocho estaba en mal estado.
Así que los condes decidieron construir de nuevo. A mediados del siglo dieciocho, en la cima de la colina, levantaron un gran palacio de estilo veneciano, atribuido al arquitecto veneciano Matteo Lucchesi. El libro de 1868 dice: El conde Ottavio construyó en su cima un suntuoso palacio, obra admirable de Matteo Lucchesi.
Se construyó con piedras del viejo castillo, y con grandes bloques de una cantera cercana. Se parecía a los palacios del Gran Canal de Venecia. Tenía tres pisos y dieciocho salas, con frescos y estucos, tapices y espejos, y una hilera de altas ventanas en arco que miraban hacia el pueblo.
Desde el pueblo, una gran escalinata subía por la colina hasta el salón de baile. Tenía más de diez metros de ancho, con una logia a un lado donde uno podía detenerse a descansar. Tenía unos trescientos sesenta y cinco escalones, uno por cada día del año, según se dice. Imagina una tarde de verano de hace mucho tiempo, con luz en las altas ventanas, y los invitados subiendo despacio por la larga escalinata, escalón tras escalón, hacia el salón de baile.
Los condes vivieron allí cerca de un siglo. Luego, en el siglo diecinueve, la familia lo abandonó. Los dueños posteriores se llevaron todo lo que podía moverse, hasta las tejas del techo. Hoy el palacio pertenece al municipio. Se alza en su colina sin techo, con sus ventanas vacías abiertas al cielo, mirando hacia el pueblo y el arroyo.
Cerca de Polcenigo, al pie de las montañas, el agua brota de la tierra. Aquí hay tres grandes manantiales, y juntos dan nacimiento al río Livenza. Son el Gorgazzo, la Santissima, y un tercer manantial, el Molinetto, cerca de Caneva.
¿De dónde viene toda esta agua? Sobre los manantiales se alzan las montañas del Cansiglio y el Monte Cavallo, hechas de piedra caliza. Allí caen la lluvia y la nieve, y se filtran por grietas y huecos de la roca. El agua viaja en la oscuridad, a través de la montaña, y vuelve a salir a su pie.
El Gorgazzo está a cerca de un kilómetro del pueblo, escondido entre árboles y rocas. Parece una poza pequeña y profunda, al pie de una pared gris de roca. La gente del lugar lo llama el buso, el agujero. Su agua es helada, incluso en verano, y tiene colores maravillosos: esmeralda, turquesa y, donde es más profunda, un azul intenso. Las orillas se tiñen de rojo por la caliza, y de verde por las algas.
En 1877, un geógrafo de Friuli, Giovanni Marinelli, vino a verlo y buscó las palabras. Toma el color de la esmeralda, escribió, el color de la turquesa, el color del berilo; échalos en un baño de lapislázuli, y tendrás el tono de ese trozo de cielo líquido que se llama el Gorgazzo. Unos años antes, en 1872, el pintor Luigi Nono había pintado el manantial, y volvió a pintarlo varias veces.
Nadie sabe cuán profundo es el Gorgazzo. Los buzos han bajado más de doscientos metros, y todavía nadie ha encontrado el fondo. Mucho más cerca de la superficie, a unos nueve metros, hay una estatua de Cristo, y en los días claros se puede ver desde arriba.
Desde el manantial, el arroyo Gorgazzo baja serpenteando al pueblo en pequeñas cascadas, junto a viejas casas de piedra y madera. A su orilla, los condes de Polcenigo construyeron sus molinos. El viejo libro sobre Sacile, impreso en 1868, dice: A lo largo del Gorgazzo construyeron varios molinos de grano, una sierra hidráulica y una herrería con martinete. Más tarde hubo también una hilandería de seda, y se decía que los condes fueron los primeros en Friuli en plantar moreras.
En la Santissima nace el propio Livenza. Aquí brotan muchos manantiales pequeños, tan juntos que parecen formar una sola gran boca de agua. Se oye un rumor constante de agua que corre y burbujea, y que poco a poco se calma en una poza ancha y tranquila. A las pocas decenas de metros, el río ya está formado, y es lo bastante hondo para las barcas.
Junto a los manantiales se alza el santuario de la Santísima Trinidad, la Santissima Trinità. Según una leyenda local, la Santísima Trinidad se apareció aquí una vez, hace mucho, en tiempos de un emperador romano. La iglesia se menciona por primera vez en el siglo catorce, y ya en el siglo quince la gente venía aquí en peregrinación, a pedir hijos, y lluvia en tiempos de sequía. En el siglo dieciséis llegaron frailes franciscanos de Venecia para cuidar el santuario. Dentro hay un retablo de madera tallada y pintada de la Santísima Trinidad, hecho en 1494 por Domenico da Tolmezzo, y una estatua llamada la Madonna del Latte, a la que acudían las madres cuando no podían amamantar a sus bebés. Y aquí cuelgan los grilletes de hierro de los condes de Polcenigo.
El valle de la Santissima fue una vez un pantano, cerca del lugar donde, como oímos mucho antes, la gente vivía en una aldea en el pantano hace unos seis mil años. En el siglo diecinueve el pantano se desecó y se convirtió en campos.
Desde aquí, el Livenza se aleja por la llanura, pasa por Sacile, donde envuelve la ciudad con varios brazos, y sigue hasta el Adriático, cerca de Caorle. Un cronista veneciano, Marin Sanudo, que visitó Sacile en 1483, anotó simplemente que el Livenza venía de Polcenigo, que se podía navegar en barca, y que terminaba en el mar.
Volvamos ahora a los primeros años del siglo quince, cuando se acercaba un gran cambio para todo Friuli. Durante más de tres siglos, los patriarcas de Aquilea habían gobernado Friuli como príncipes. En 1418, un ejército del emperador entró en Friuli, apoyado por el patriarca, Ludwig von Teck, y por los condes de Gorizia. Del otro lado estaba Venecia, ayudada por una gran familia friulana, los Savorgnan.
La guerra le fue bien a Venecia. Sacile cayó. Cividale se entregó por voluntad propia. Udine fue sitiada, y cayó, y después de Udine vino Aquilea, y todas las fortalezas de Friuli. Un historiador de Venecia, que escribía en 1893, lo dijo en una línea: El año 1420 vio a la República dueña de toda la provincia, desde el mar hasta los Alpes. El patriarca renunció formalmente a su señorío.
Una enciclopedia de 1911 cuenta la historia con una pequeña sonrisa. Los nobles de Friuli, dice, habían pedido ayuda a Venecia, y Venecia, una vez que ganó, se quedó con el país, un nuevo ejemplo de una de las fábulas de Esopo.
En el verano de 1420, el primer lugarteniente veneciano de Friuli, Roberto Morosini, asumió su cargo en Udine. Desde entonces, un lugarteniente enviado desde Venecia vivía en Udine, primero por un año, y más tarde por dieciséis meses. Udine siguió siendo la capital de la Patria del Friuli, como se llamaba aquella tierra. En su plaza principal se levantó un nuevo palacio municipal, de estilo gótico veneciano, entre 1448 y 1457, y frente a él se alza una torre del reloj que recuerda a la de la plaza de San Marcos, en Venecia.
Venecia no barrió con el viejo mundo. Dejó muchas cosas como estaban. El viejo Parlamento de Friuli siguió reuniéndose. Los señores de los castillos conservaron sus castillos, y las ciudades, sus propios estatutos. Más tarde, desde 1518, los pueblos tuvieron una asamblea propia, llamada la Contadinanza.
En Polcenigo, los condes siguieron siendo señores, ahora bajo la República. Ya antes de la guerra, en 1410, habían prometido a Venecia mantener dieciséis caballos para defender la tierra entre el Tagliamento y el Livenza, y Venecia les pagaba veinte ducados al año por cada caballo. Allá arriba, en las montañas, Venzone también se volvió veneciano.
Los patriarcas no se rindieron enseguida. En un gran concilio de la Iglesia en Basilea, el patriarca acusó a Venecia de ocupar Friuli sin derecho. Pero en 1437, en Praga, Venecia recibió del emperador la concesión formal de sus dominios en la tierra firme. Y en 1445, el patriarca renunció a sus tierras para siempre, a cambio de un pago anual de cinco mil ducados.
Desde comienzos de la década de 1470 hasta 1499 llegaron años más duros, cuando jinetes otomanos de Bosnia hicieron varias incursiones en Friuli, cruzando veloces la llanura y evitando las ciudades amuralladas. Se decía que sus fuegos se veían desde muy lejos, desde el campanario de San Marcos, en Venecia. Venecia construyó fuertes junto al río Isonzo y puso señales para avisar a los pueblos, y en 1479 hizo la paz con el sultán, aunque una última incursión llegó en 1499, hasta el Livenza.
Con el tiempo, la tierra volvió a calmarse. Los campos se sembraban y se cosechaban, y las campanas sonaban en los pueblos. Para Polcenigo siguieron tres siglos de paz, y en el siglo dieciocho, años de prosperidad.
Así, Friuli se convirtió en una de las provincias de Venecia en tierra firme. Su gente seguía hablando su propia lengua friulana, y conservaba sus costumbres, en los pueblos de la llanura y en los valles de las montañas. Pero ahora, cuando llegaban noticias u órdenes, venían de la ciudad de la laguna.
Volvamos ahora a la laguna, a Aquilea, y veamos qué fue de la vieja ciudad de los patriarcas. Cuando Venecia tomó Friuli en 1420, Aquilea pasó a Venecia con todo lo demás. Los patriarcas perdieron su poder como príncipes, pero la vieja ciudad seguía dando su nombre a su gran iglesia, el Patriarcado de Aquilea.
Aquilea estaba cerca del borde oriental de Friuli, junto a las tierras de los condes de Gorizia, que en 1500 pasaron a otro poder, la casa de Austria. A comienzos del siglo dieciséis, en las guerras que empezaron en 1509, Aquilea pasó a los Habsburgo. Y allí se quedó, del lado austriaco de la frontera, hasta la Primera Guerra Mundial. Al otro lado de los campos, la mayor parte de Friuli pertenecía a Venecia. Así, la vieja ciudad de emperadores y patriarcas se convirtió en una tranquila aldea de frontera.
Durante siglos, sus edificios antiguos habían servido de canteras, y muchas de sus piedras se habían usado para construir Grado y la creciente ciudad de Venecia. Y la tierra a su alrededor había cambiado. Sus ríos y canales se habían vuelto pantanosos, y con los pantanos llegó la fiebre. Una guía de viaje de 1913 lo dijo de forma sencilla: La comarca, inhabitable durante siglos por la malaria que subía de los ríos y canales pantanosos, ha sido en parte desecada y repoblada desde el reinado de María Teresa. Un manual inglés de 1897 advertía que, en ciertas épocas del año, el aire era malsano, por los pantanos que la rodeaban.
La gran basílica seguía en pie. En los años venecianos, hacia 1500, se añadieron al coro partes nuevas al estilo del Renacimiento. Pero del palacio de los patriarcas, que había tenido un gran patio y logias con arcos, solo quedaban dos columnas solitarias. Junto a la basílica, el viejo baptisterio fue cayendo poco a poco en ruinas, y se dice que su deterioro empezó solo en 1790, cuando le quitaron sus tirantes de hierro.
Mientras tanto, los propios patriarcas se habían vuelto nobles venecianos. Desde 1465 hasta el final, los últimos veinte patriarcas vinieron todos de familias nobles de Venecia, y los tres últimos eran de una misma familia, los Dolfin. Pero su iglesia seguía llegando, más allá de la frontera, a tierras austriacas, y eso en Viena no gustaba. En 1719, un edicto promulgado en Graz prohibió a los súbditos austriacos aceptar a un patriarca elegido sin el consentimiento del emperador.
Por fin, en 1751, Venecia y la emperatriz María Teresa llegaron a un acuerdo, y el papa, Benedicto Catorce, puso fin al viejo Patriarcado de Aquilea. En su lugar creó dos arzobispados: Udine, para el lado veneciano, y Gorizia, para el lado austriaco. El último patriarca conservó su título el resto de su vida. Ese año se acuñó una medalla, y sus palabras en latín dicen que con este cambio se devolvió la paz a los súbditos. Así, después de muchos siglos, ya no hubo más patriarcas de Aquilea.
¿Y la aldea? Un escritor inglés llamado Jackson vino aquí en la década de 1880. Camino de Aquilea, vio ánforas romanas puestas como adorno sobre los muros de los jardines, y en lo alto de los frontones de las granjas. Al llegar a la aldea, le costó creer que estaba en el corazón de una de las mayores ciudades romanas. Había, escribió, un prado en medio de la aldea, con media docena de casas alrededor. La calle de la aldea era apenas algo más que un camino rural.
Y sin embargo, cada año, el arado desenterraba monedas y gemas, hebillas y broches, de la vieja ciudad bajo los campos. Los vendedores ofrecían incluso antigüedades falsas a los visitantes. Junto a dos tranquilos canales de molino, aún podía seguirse el contorno cuadrado del primer campamento romano.
Imagina que caminas por allí una tarde tranquila de verano, por ese camino rural, con el alto campanario sobre ti y los juncos moviéndose en las zanjas. En su pequeña aldea, entre los campos y los pantanos, Aquilea dormía, con sus tesoros bajo la tierra.
Volvamos a Polcenigo, al pie de las montañas, y quedémonos un rato en el propio pueblo. Cada año, a comienzos de septiembre, Polcenigo celebra una feria llamada la Sagra dei Sest, la fiesta de los cestos. En el friulano del lugar, un sest es un cesto. Se dice que la feria se celebra desde hace más de trescientos años.
No empezó en el pueblo, sino en la Santissima, junto a los manantiales del Livenza. Allí, en el santuario, los campesinos venían a comprar recipientes sencillos de mimbre y de junco, listos para la vendimia, que empezaba en septiembre u octubre. Los cestos se hacían con lo que crecía cerca. El pantano junto a los manantiales, antes de ser desecado en el siglo diecinueve, estaba lleno de ramitas flexibles y de mimbres, y durante siglos abasteció a los cesteros. En 1922, un escritor local anotó que la tranquila iglesia de los manantiales se llenaba de vida cada septiembre, en la fiesta de la Virgen, con multitudes que bajaban de las montañas y llegaban de los pueblos cercanos.
Más tarde la feria se trasladó al centro de Polcenigo, y ahora vienen miles de personas. Imagina las viejas callejuelas una mañana de comienzos de septiembre, llenas de puestos. Hay cestos y objetos de mimbre, junco, rafia y madera, y también cerámica, cuero, cobre y hierro forjado. Hay fruta y miel, embutidos y quesos. Los artesanos muestran cómo se hacía el trabajo de antes, y el pueblo tiene incluso una escuela de tejido, con cursos para jóvenes y mayores.
El viejo pueblo tiene edificios de los siglos quince a diecisiete, con patios y jardines. A medio camino entre el pueblo y el castillo está San Giacomo, que fue un convento de frailes franciscanos. Se menciona por primera vez en 1262, y es el convento más antiguo de la diócesis de Concordia. La misma doña Hengerada que conocimos en el castillo se acordó también de los frailes. El viejo libro sobre Sacile, impreso en 1868, dice: En tiempos de san Francisco, al parecer, se fundó en este lugar el convento de los frailes, pues se recuerda que en 1295 doña Hengerada dejó cien liras para reparar el convento y la iglesia.
La iglesia se reconstruyó tras un incendio en 1482, y los condes de Polcenigo la ampliaron en el siglo diecisiete. En 1769, Venecia cerró el convento, y al año siguiente San Giacomo pasó a ser la iglesia parroquial. Dentro hay un retablo de Egidio Dall'Oglio, un coro de madera, techos artesonados pintados y una sala capitular con paneles de madera del siglo quince.
En la vieja entrada del pueblo está San Rocco, una pequeña iglesia antigua, dedicada al santo que protegía a la gente de la peste. Tiene un campanario bajo y cuadrado, que tal vez fue en otro tiempo una torre de vigía. Junto a la puerta, una manita tallada en piedra invita a los que pasan a dejar una moneda. Dentro, bajo vigas de madera desnudas, hay frescos desvaídos pintados en 1638, un año de peste.
El pueblo también tiene sus palacios. El Palazzo Fullini-Zaia, en la plaza, es un palacio noble del siglo diecisiete o dieciocho, con arcos almohadillados y máscaras talladas. El Palazzo Manin-Zaro, de estilo veneciano tardío, tiene una larga fachada beige y verde, con una ventana trífora en el centro. La familia Manin había comprado una parte de Polcenigo en 1608, cuando hacía falta dinero para el rescate de los condes cautivos, y fue dueña de este palacio durante dos siglos.
El Palazzo Scolari-Salice tiene un jardín en terrazas de estilo italiano. Lo diseñó un ingeniero, Pietro Quaglia, después de que su joven esposa muriera en 1861. Sus senderos llevan a una pequeña gruta, con agua.
En Navidad se arman pesebres en las callejuelas del viejo pueblo, y en otoño, arriba, en el caserío de Mezzomonte, hay una fiesta de las castañas. Y así gira el año en Polcenigo, de los cestos a las castañas y a la Navidad.
Ahora dejamos los manantiales y las suaves colinas de Polcenigo, y subimos a las montañas, al valle del Cellina. El Cellina es un torrente de montaña, que nace en los montes cercanos a Claut. Durante mucho tiempo fue difícil llegar a este valle desde la llanura, y cómo llegó por fin el camino lo oiremos más adelante.
A la entrada del valle, sobre una terraza verde, está el pueblo de Andreis, protegido por las montañas, el Monte Raut, el Resettum y el Fara. Andreis aparece por primera vez en el año 996, en un documento del emperador Otón Tercero, y en 1651 se convirtió en parroquia propia. En su propia habla se llama Andrees, porque la gente del valle habla friulano, además de italiano.
Cuenta una vieja leyenda que Atila pasó de largo junto a Andreis, porque una niebla había ocultado el pueblo a sus ojos. Es solo una leyenda, pero es una leyenda amable.
Las casas de Andreis son de piedra, con galerías exteriores hechas por completo de madera, llamadas daltz, con plataformas de madera oscura, y escaleras por fuera. Todo el pueblo es como un museo de la antigua vida de montaña, todavía habitado.
Y también hay un museo de verdad. Desde 1981, el antiguo palacio municipal alberga un museo de la vida rural. Aquí hay matracas de Pascua de madera, llamadas craceles, que reemplazaban a las campanas de la iglesia el Jueves Santo. Aquí hay zuecos de madera, llamados palotes, algunos con clavos para caminar sobre el hielo, y zapatos de terciopelo negro, para los días de fiesta. Hay cestos de mimbre, herramientas para la lana y para la leche, y las herramientas del herrero y del leñador. Andreis también tiene sus propias comidas: un queso salado, bueno con papas, y un salami con comino, llamado peta.
Más arriba en el valle está Barcis. Se encuentra en una amplia cuenca entre el boscoso Monte Longa y el soleado Monte Lupo, dentro del parque natural de las Dolomitas Friulanas. Es un pueblo muy pequeño, de solo unas doscientas personas.
Barcis es antiguo. Su iglesia madre ya aparece en un documento papal de fines del siglo doce, y en aquel tiempo el nombre de Barcis designaba todo el bajo Val Cellina. En 1327, el pueblo obtuvo un mercado libre el día de San Daniel.
La iglesia parroquial de San Giovanni Battista es de fines del siglo dieciséis, y fue remodelada más tarde. Dentro hay un altar de mármol y un fresco del banquete de Salomé.
El edificio antiguo más hermoso del valle es el Palazzo Centi, construido hace unos cuatrocientos años. Es de piedra local sin labrar, con una doble logia: arcos bajos y anchos abajo, y arcos de medio punto arriba. Une el estilo sencillo de montaña del Val Cellina con la elegancia de Venecia. Fue hotel y restaurante, y hoy alberga la biblioteca y la oficina de turismo. Ha sobrevivido a incendios, guerras y terremotos.
Las casas de Barcis son de dos tipos: unas con galerías de madera, y otras cerradas y macizas, como bloques. El pueblo se quemó en 1606, y durante la guerra, en 1944, gran parte de él fue quemada otra vez.
Alrededor de Barcis, entre los hayedos, antes se segaban los prados para el heno, y un viejo puente de piedra todavía cruza la estrecha garganta del Caltea. En tiempos de Venecia, la madera del alto valle bajaba flotando por el Cellina, con ayuda de pequeñas presas de troncos llamadas stue. Y en las colinas sobre Polcenigo, la gente usaba trineos para bajar troncos y heno de la montaña, y cada agosto una carrera de trineos de heno todavía los recuerda.
Entre las comidas del valle están la polenta blanca y la carne de caza, un embutido de carne de oveja llamado petuccia, y carne seca de gamuza llamada brusaula. En verano, Barcis celebra sus fiestas: la Noche de San Juan, el veintitrés de junio, y una fiesta del emigrante y del veraneante. Y en esas largas tardes, cuando la luz se demora sobre las montañas, el valle parece muy lejos de la llanura de abajo.
Más arriba en el Val Cellina, pasado Barcis, el valle sube hacia los pueblos de Claut, Cimolais y Erto. Allá arriba el valle estaba aislado, y había poca tierra buena. Y así, durante mucho tiempo, la gente del alto valle tuvo que buscar parte de su sustento en otro lugar.
Algunos de los viajeros de estos pueblos eran mujeres. Las llamaban las sedonere. Bajaban a pie de las montañas a la llanura, y seguían hasta las ciudades del norte de Italia, para vender cosas hechas de madera: cucharas y cucharones, y toda clase de utensilios sencillos de cocina.
Su nombre venía del sedon, la cuchara de madera. Un diccionario friulano impreso en 1871 incluye la palabra sedon, cuchara, entre las palabras cotidianas que llama peculiaridades friulanas, a menudo imposibles de traducir.
Las cucharas las hacían artesanos del lugar, y las mujeres se las llevaban a vender. Algunas empujaban por los caminos carretones con ruedas de hierro. Otras cargaban a la espalda pesados baúles de madera, llenos de cucharas y cucharones.
Pasaban fuera semanas, y a veces meses. Caminaban con sol y con mal tiempo. De noche dormían en pajares o en establos, o en la casa de alguna familia que les daba una cama. Se dice que las vendedoras de cucharas tenían una jerga secreta propia, llamada dherbol, que un lingüista llamado Ugo Pellis estudió en la década de 1930.
El oficio duró de fines del siglo diecinueve a la década de 1950. Creció tras la Primera Guerra Mundial, y luego, poco a poco, se apagó, al llegar nuevos caminos, nuevos transportes y nuevas tiendas.
El dinero que las mujeres traían a casa sostenía a sus familias. Y para muchas de ellas, era algo más. Era la primera vez que probaban la independencia: manejar dinero, elegir sus propios caminos y tomar sus propias decisiones, lejos de casa. Hoy, en Claut, un pequeño museo, el Museo della Casa Clautana, cuenta la historia de las mujeres del valle, y del camino de la sedonera, que en friulano se llama fora pal mont, afuera, por el mundo. En los últimos años, una película recogió los recuerdos de algunas de las últimas sedonere, mujeres de más de noventa años.
Las mujeres del Val Cellina no fueron las únicas que salieron al mundo. Desde las montañas de Friuli, la gente viajaba para trabajar desde hacía muchísimo tiempo. Un libro sobre la emigración italiana, impreso en 1919, lo dijo de forma sencilla: «Más al norte, en Friuli, ha estado la mayor fuente de la emigración temporal italiana.» Durante muchos años, decía, una cuarta parte de todos los italianos que iban a trabajar a otros países europeos venían de esta región.
Muchos eran hombres con oficio: albañiles y canteros, herreros y carpinteros, y trabajadores de los hornos. El mismo libro describía cómo podía empezar la vida de trabajo de un muchacho. Empezaba en los hornos de ladrillo, en Hungría tal vez, o en Alemania. Luego cargaba ladrillos y argamasa para los albañiles, y con el tiempo se volvía albañil él mismo, y trabajaba el cemento y el estuco fino. En invierno volvía a casa, y algunos iban a escuelas donde se enseñaban los detalles más finos del arte del albañil.
Los obreros italianos del estuco y el cemento llevaron los pisos de terrazo a Silesia y Sajonia, a Berlín y a Kiel, y la mayoría volvía a casa al final de cada temporada. En los pueblos del piedemonte, alrededor de Sequals y Spilimbergo, la gente trabajaba el terrazo y el mosaico desde hacía siglos, y había llevado su oficio muy lejos. En enero de 1922 se abrió en Spilimbergo una escuela para mosaiquistas, con treinta y ocho alumnos.
Abajo, al pie de las montañas, un viejo libro sobre Sacile, impreso en 1868, contaba unas dos mil personas al año que salían de Polcenigo y de Budoia. Dice: «las mujeres van sobre todo a Venecia como criadas, nodrizas o aguadoras; los hombres eligen los oficios de albañil, cantero, peón, cargador o aserrador de tablas.» Y luego, al cambiar las estaciones, muchos de los viajeros volvían a casa, a sus pueblos, y a la gente que los había esperado.
Durante casi cuatrocientos años, la mayor parte de Friuli perteneció a la República de Venecia. Su lugarteniente vivía en Udine, y las viejas ciudades y castillos de la Patria conservaban sus consejos y sus costumbres. Pero a fines del siglo dieciocho, una gran tormenta sopló sobre Europa, y Venecia no pudo resistirla.
En 1796, un general francés, Napoleón Bonaparte, llegó a Italia. Frente a él estaban los ejércitos de Austria. Venecia quería seguir neutral, pero no tenía defensas tan fuertes como para alejar la guerra. Sus tierras se volvieron campo de batalla de ambos ejércitos.
En la primavera de 1797, los franceses cruzaron Friuli, y el ancho lecho de piedras del Tagliamento no los detuvo. Avanzaron hacia Austria, y en abril, cerca de Leoben, en Estiria, se firmaron los primeros términos de una paz.
La propia Venecia ya no tenía fuerzas para luchar. El doce de mayo de 1797, el Gran Consejo de la República votó aceptar una nueva forma de gobierno, y la vieja República llegó a su fin, después de más de mil años. El último dux fue Lodovico Manin. Un historiador de Venecia, que escribía en 1893, cuenta que, al dejar a un lado su gorro ducal, el dux le dijo a su criado, con apenas medio pesar: «Llévatelo; ya no lo usaremos.»
Ese otoño, Bonaparte instaló su cuartel general en Friuli, en la Villa Manin, en Passariano, cerca de Codroipo. Era la gran casa de campo de la familia Manin, la familia del último dux. Los enviados austriacos se quedaron en Udine. Y entre unos y otros, durante septiembre y hasta octubre, las conversaciones avanzaban despacio.
El secretario de Bonaparte, Bourrienne, estaba con él en Passariano, y años después escribió lo que recordaba. «El trece de octubre, al amanecer, al abrir mi ventana, divisé las montañas cubiertas de nieve.» Fue a despertar al general, y se lo dijo. Bonaparte saltó de la cama y corrió a la ventana. El invierno llegaba temprano, dijo, así que debían hacer la paz.
El enviado austriaco, el conde Cobenzl, luchó mucho por mejores condiciones. Hay una historia famosa, probablemente exagerada, según la cual, en una reunión tormentosa, Bonaparte hizo añicos una valiosa pieza de porcelana. Un historiador posterior creyó que solo había volcado un mueble con un jarrón costoso, con sus gestos amplios. Y el propio Bourrienne escribió que no sabía nada de semejante escena.
El tratado se firmó el diecisiete de octubre de 1797. Lleva el nombre de Campo Formio, una aldea entre los dos campamentos. Pero se firmó, según cuenta la Villa Manin, en la gran villa de Passariano, donde todavía hoy se puede visitar la sala del tratado.
Con esta paz, Austria recibió la ciudad de Venecia y sus lagunas, y la tierra firme veneciana, con Friuli, además de Istria y Dalmacia. Francia se quedó con las islas Jónicas, y con Bélgica. El primer artículo prometía una paz sólida e inalterable, para siempre. Y el emperador de Austria le regaló a Bonaparte seis magníficos caballos blancos.
En los años siguientes, Friuli cambió de manos más de una vez. Al principio fue austriaco. Desde 1805 formó parte del Reino de Italia de Napoleón, como departamento de Passariano, y el general Duroc, gran mariscal del palacio de Napoleón, llevó el título de duque de Friuli. En 1815, todo el país volvió a Austria.
El pequeño Polcenigo vio ir y venir soldados, primero los franceses, y luego los austriacos. En la primavera de 1809, Eugenio de Beauharnais, que gobernaba Italia en nombre de Napoleón como su virrey, se reunió con sus generales en un palacio del pueblo, para planear una batalla cerca de Sacile contra el archiduque Juan de Austria. La batalla la ganó el archiduque. Y después de las guerras llegaron años duros, con malas cosechas e impuestos pesados.
La vida siguió, como siempre sigue. Los molinos giraban en el Gorgazzo, y las campanas sonaban sobre los campos. Y en la plaza principal de Udine se colocó una figura sentada de la Paz, en recuerdo del tratado de 1797.
Aquilea, como hemos oído, había pasado a los Habsburgo a comienzos del siglo dieciséis, mientras la mayor parte de Friuli seguía con Venecia. Ahora, después de las guerras de Napoleón, todo Friuli era austriaco. Y en 1861, al oeste, se proclamó un nuevo Reino de Italia.
En 1866 hubo guerra otra vez, entre Austria e Italia. Ese verano, un armisticio firmado en Cormons fijó una nueva línea, siguiendo el antiguo límite del Reino Lombardo-Véneto. Y en otoño, por la paz con Austria, el Véneto, y con él el oeste de Friuli, pasó a formar parte de Italia. En octubre la gente votó, y eligió unirse al nuevo reino.
Así, una frontera atravesó Friuli. En el norte seguía la alta cresta de los Alpes Cárnicos. En la llanura seguía dos pequeños arroyos, el Judrio y el Ausa, hasta el mar, justo al oeste de Grado. Udine y Pordenone, Polcenigo, Venzone y el Val Cellina estaban ahora en Italia. Pero Aquilea se quedó en Austria, junto con Grado, Gorizia, Gradisca y Cervignano.
Los viajeros que llegaban de Italia en tren cruzaban la frontera en Cervignano. Una guía de viaje de 1913 lo dijo de forma sencilla: «Cervignano, sede de la aduana austriaca, con fábricas de terracota y de tejidos, es el primer pueblo del Litoral austriaco.» Otra guía de los mismos años, escrita para los viajeros que venían en sentido contrario, desde Trieste, llamaba a la misma estación sede de la aduana italiana. Todo dependía de la dirección del viaje.
Desde Cervignano, un pequeño ramal de ferrocarril bajaba entre los campos hasta Aquilea, y seguía hasta el borde de la laguna, donde un barco de vapor esperaba para llevar a los viajeros a Grado. Cerca de la línea estaba el pueblo de Monastero, con la granja modelo y los viñedos de un barón, von Ritter-Zahony. Y en las islitas de la laguna se alzaban las chozas de pescadores llamadas casoni, hechas de juncos, que parecían, decía la guía, algo de tiempos prehistóricos.
La propia Aquilea era un lugar pobre y tranquilo. Tenía tres hoteles, el Hotel de la Poste, con un pequeño jardín, el Città di Grado y el Aquila Nera, y la guía señalaba que eran bastante italianos. La vieja basílica había sido restaurada en los años austriacos, en 1845 y 1846.
También bajo Austria siguió la búsqueda de la ciudad romana. Desde 1815, Gerolamo de Moschettini dirigió excavaciones. Un primer museo, abierto en 1807, había recibido el nombre de Eugenio de Beauharnais, a quien conocimos en Polcenigo. Y en 1873, el municipio abrió un museo propio.
Luego, el tres de agosto de 1882, se inauguró el Museo Estatal Austriaco, fundado por el emperador Francisco José, en una villa que había sido de la familia Cassis Faraone. Su primer director fue Enrico Maionica, un arqueólogo de Trieste, que más tarde publicó un mapa de los hallazgos. Los visitantes tocaban una campanilla para que les abrieran. La guía de 1913 llamaba encantador al jardín del museo, con esculturas y urnas antiguas «hábilmente intercaladas entre los cedros, los cipreses y las palmeras». Dentro había más de dos mil inscripciones, tumbas romanas que antes bordeaban los caminos fuera de las puertas de la ciudad, y un reloj de sol romano con un pequeño indicador del viento.
De la ciudad romana misma, solo se habían descubierto una calle y una esquina de las murallas. El circo y el anfiteatro habían vuelto a cubrirse. Y fue también en estos años austriacos cuando salió a la luz en la basílica el gran piso de mosaico de Teodoro, como oímos mucho antes esta noche.
Aquilea siguió siendo austriaca hasta la Primera Guerra Mundial. En mayo de 1915, soldados italianos cruzaron la vieja frontera en Cervignano, y después de la guerra Aquilea pasó a formar parte de Italia. Y los dos arroyitos, el Judrio y el Ausa, volvieron a ser simplemente arroyos, que corren tranquilos entre los campos hacia el mar.
Volvamos ahora al Val Cellina. Durante muchísimo tiempo, los pueblos del valle, Andreis, Barcis, Claut, Cimolais y Erto, no tuvieron un camino para carretas ni carruajes que subiera desde la llanura. En el siglo diecinueve vivían allá arriba unas diez mil personas. Para llegar hasta ellas, solo había empinados senderos de montaña.
Entre el valle y la llanura había una gran barrera: la garganta del Cellina. A lo largo de muchísimo tiempo, el río había abierto un profundo cañón en la caliza, entre Barcis y Montereale. Es la garganta más grande de la región, y una de las más impresionantes de toda Italia. El agua ha pulido y ahuecado sus paredes, y en su lecho hay hoyos redondos excavados en la roca, llamados marmitte. El agua es cristalina.
Al final, el camino llegó gracias a la electricidad. Hacia comienzos del siglo veinte, los ingenieros quisieron aprovechar la fuerza del Cellina. Construyeron una presa dentro de la garganta, que hoy se llama la presa vieja, y un canal de unos siete kilómetros, excavado en la ladera del barranco, para llevar el agua hasta una central en Malnisio. Los túneles se empezaron a excavar en el verano de 1900. Más de dos mil personas, se dice, trabajaron allí durante cinco años: mineros y canteros, albañiles y carpinteros, y mujeres que acarreaban cargas como porteadoras.
La central de Malnisio se terminó en 1905. Era una de las más grandes de Italia en aquel tiempo, y la primera que llevó electricidad a Venecia. También enviaba energía a Treviso y a Udine. Una guía de viaje de 1913 señalaba, cerca de Pordenone, «la línea de alta tensión de la compañía eléctrica veneciana en las cascadas del Cellina.»
Para construir todo esto, se había abierto un camino de obra dentro de la garganta. La compañía eléctrica no quiso pagar para prolongarlo hasta Barcis. Así que el ingeniero que había diseñado las obras hidráulicas, Aristide Zenari, se hizo cargo del trabajo, y los pueblos y ciudades lo pagaron. En septiembre de 1901, Barcis, Montereale, Pordenone y Aviano se unieron para construir el camino, y los planos se trazaron dos años después.
En noviembre de 1906, el propio Zenari hizo el primer viaje en carruaje tirado por caballos, de Montereale a Barcis. Imagina el sonido de los cascos resonando en las paredes de roca, y las ruedas girando despacio, muy por encima del agua clara.
El camino recorría unos diez kilómetros, desde Montereale Valcellina hasta Molassa, cerca de Barcis. En largos tramos corría por encima del canal. En algunos lugares pasaba por túneles. En otros, era una cornisa estrecha tallada en la roca vertical, muy por encima del fondo de la garganta. Pasaba junto a cuevas, y una de ellas se llamaba el Bus de la Volpe, la cueva del zorro. Cerca de Barcis, cruzaba el pequeño arroyo Molassa.
El camino puso fin al largo aislamiento del valle. Pero también hizo más fácil marcharse, y mucha gente se fue a trabajar lejos. Hacia 1950, con la construcción de la presa de Barcis, un tramo del camino se trasladó más arriba.
Durante más de ochenta años, el tráfico serpenteó por el borde de la garganta. Luego, en 1992, el viejo camino se cerró, y lo reemplazaron túneles modernos, el más largo de casi cuatro kilómetros.
Hoy la garganta vuelve a estar tranquila. Desde fines de la década de 1990 es una reserva natural, cuidada por el parque de las Dolomitas Friulanas, con un centro de visitantes en Ponte Antoi. Los animales tímidos han aumentado desde que la gente dejó de trabajar allí, y plantas poco comunes crecen en sus muchos rincones resguardados. El último tramo del viejo camino cerca de Barcis se puede recorrer a pie en los meses más cálidos, y un puente de cuerdas, de unos cincuenta y cinco metros, cruza el cañón. Y la central de Malnisio, que funcionó hasta 1988, es hoy un museo.
Después de la Primera Guerra Mundial, Italia tenía muchos soldados caídos que nunca habían sido hallados ni identificados. En 1920, el coronel Giulio Douhet propuso honrar a un soldado desconocido, en nombre de todos ellos. Al año siguiente, una ley decidió que sería sepultado en Roma el cuatro de noviembre de 1921, aniversario de la victoria.
Una comisión eligió a once soldados de nombre desconocido, uno de cada parte del largo frente. Venían de lugares con nombres como Rovereto y Pasubio, Ortigara y Grappa, Cortina y Rombon, San Marco y Ermada. Ninguno llevaba nada que pudiera decir quién había sido. Y nadie debía saber de qué lugar venía cada uno.
Los once ataúdes, todos exactamente iguales, fueron llevados a Aquilea. Los colocaron en la vieja basílica, la iglesia de los patriarcas, donde ya había pasado tanto de la larga historia de Friuli.
La mañana del veintiocho de octubre de 1921, a las once, antiguos soldados que habían sido heridos se reunieron en la basílica, con madres y viudas. Una madre debía elegir un solo ataúd, en nombre de todas las madres.
Se llamaba Maria Bergamas, y era de Gradisca, junto al Isonzo. Su hijo Antonio había nacido súbdito austriaco, pero había cruzado al otro lado para luchar por Italia, con otro nombre. Había caído en junio de 1916, en las montañas, y nunca fue encontrado.
En el silencio de la basílica, Maria Bergamas se detuvo ante uno de los ataúdes. Era el décimo. Se dice que se arrodilló ante él. Su hija contó más tarde que lo había elegido para que el soldado que iría a Roma fuera de verdad desconocido. El obispo Celso Costantini, que presidió la ceremonia, escribió sobre aquella mañana en su diario.
El ataúd elegido se colocó en una caja de roble, adornada con hierro forjado, con un casco y un fusil sobre la tapa, y se cubrió con la bandera. A la mañana siguiente, a las ocho, salió de Aquilea en un vagón de tren especial. El vagón llevaba los años de la guerra, de 1915 a 1918, escritos en números romanos.
El tren cruzó Italia despacio, y se detuvo en cada estación. Pasó la noche en Venecia, en Bolonia y en Arezzo. En el Piave, la gente arrojó flores al río. A lo largo de toda la línea, las multitudes se arrodillaban a su paso.
En Roma, el ataúd descansó un tiempo en la iglesia de Santa Maria degli Angeli. Y el cuatro de noviembre de 1921, el soldado desconocido fue sepultado en el gran monumento llamado el Altar de la Patria, el Vittoriano.
Ese mismo día, los otros diez recibieron sepultura en Aquilea, en el cementerio detrás del ábside de la basílica. Se llama el Cementerio de los Héroes. También descansan allí algunos de los primeros soldados italianos caídos en el Carso.
Maria Bergamas vivió todavía muchos años. Murió en Trieste en diciembre de 1953. En noviembre del año siguiente la llevaron a Aquilea, y la sepultaron en el cementerio detrás de la basílica, cerca de los diez soldados desconocidos.
Hoy descansan allí juntos, en la quietud detrás de la vieja iglesia. A su alrededor están los campos de Aquilea, y bajo esos campos duerme la ciudad romana. Las estaciones van y vienen, verano e invierno, sobre la llanura y la laguna. Y el viejo campanario vela por todos ellos.
Justo debajo de Barcis, en un lugar llamado Ponte Antoi, el Cellina entra en su garganta, entre altos muros verticales de roca. Y aquí, a comienzos de la década de 1950, se alzó una presa en el río.
Es un arco de concreto, curvado en dos direcciones, diseñado por el ingeniero Carlo Semenza. La construyó una gran compañía eléctrica, la Sociedad Adriática de Electricidad, y se terminó en 1954. Tiene unos cincuenta metros de alto.
Antes había habido un plan para una presa mucho más alta y un lago mucho más grande. Ese lago habría inundado el pueblo de Barcis, y sus casas habrían tenido que construirse de nuevo, más arriba en las laderas. Al final, la presa se hizo más baja, y el pueblo se quedó donde estaba, en sus terrazas sobre el agua.
Detrás del nuevo muro se juntó el agua del Cellina, y nació un lago. Cubre cerca de un kilómetro cuadrado, a unos cuatrocientos metros sobre el mar. Su agua mueve las máquinas de una central escondida en una caverna cerca de la presa vieja de la garganta, y también riega los campos de la llanura y alimenta sus acueductos.
Oficialmente, el lago tiene otro nombre. Es el Lago Aprilis, por Napoleone Aprilis, que dirigió el consorcio que cuida las aguas del Cellina y del Meduna. Pero casi todos lo llaman simplemente el lago de Barcis.
Su color es lo primero que la gente nota. Es un verde esmeralda, entre el verde y el azul pálido, y cambia a lo largo del día, con la luz. En una mañana sin viento, el cielo descansa tranquilo sobre el agua. Cuando las nubes bajan sobre el Monte Lupo y el Monte Longa, el lago se vuelve más oscuro, y más suave.
La presa y el lago, se dice, ayudaron al pueblo a recuperarse después de la guerra, y hoy Barcis vive en gran parte de sus visitantes. Un sendero rodea todo el lago, bajo los abetos, junto a pequeños lugares de picnic, y sobre una pasarela en un sitio llamado Fontane. El paseo completo tiene unos cinco kilómetros y medio, y lleva dos o tres horas, a paso tranquilo, de abril a noviembre. Los visitantes pueden incluso cruzar a pie por lo alto de la presa, con el lago a un lado, y la profunda garganta al otro.
En verano, el lago se llena de vida. Hay pequeños veleros, y windsurfistas, y kayaks. La gente pesca desde la orilla, y nada, y se tiende al sol. Un pequeño tren turístico recorre la orilla del agua. Y cada junio desde 1985, lanchas de carreras vienen al lago para un campeonato italiano, y el valle resuena con sus motores.
Pero la mayor parte del tiempo, Barcis está tranquilo. El Palazzo Centi, con su doble logia de piedra local sin labrar, mira hacia el agua, como ha mirado hacia el valle durante unos cuatrocientos años. Debajo, el lago se extiende donde antes corría el río, por el fondo de la cuenca.
Si te sentaras en un banco junto a la orilla una tarde de verano, verías cómo la luz deja las montañas, una ladera tras otra. El agua pasaría del verde al plateado, y luego al gris. Encima, los arcos del Palazzo Centi atraparían lo último del sol. Y las luces del pueblo se encenderían, una por una, en las terrazas sobre el lago.
Ya hemos recorrido Venzone, dentro de su doble muralla y en su catedral de San Andrés. Una guía de viaje de 1911 lo llamó simplemente «un pequeño pueblo pintoresco.» En 1965 fue declarado monumento nacional, el único pueblo amurallado del siglo catorce en la región. En 1976, unas setecientas personas vivían dentro de sus murallas.
En la noche del seis de mayo de 1976, poco después de las nueve, la tierra tembló en el valle medio del Tagliamento. Más de cien ciudades y pueblos sufrieron daños, y Gemona, Venzone y Osoppo estuvieron entre los más golpeados. Se perdieron muchas vidas en todo Friuli, y muchas casas.
En Venzone, se derrumbó parte de la catedral. El trece de mayo, un comité puso a salvo las estatuas, las pinturas y el mobiliario de la catedral. Durante el verano, expertos de Italia y de Austria fotografiaron y midieron con mucho cuidado la iglesia dañada y el pueblo. Más tarde, esas imágenes guiarían la reconstrucción.
Ese verano, muchas familias vivieron en carpas. Luego, el quince de septiembre, llegaron nuevas sacudidas fuertes. La catedral, y gran parte del pueblo ya dañado, se derrumbaron casi por completo. En otoño, mucha gente se mudó por un tiempo a hoteles de la costa del Adriático, mientras durante el invierno se construían para ellos casas de madera. En la tradición friulana, el terremoto es un monstruo que vive bajo las montañas, y tiene un nombre: el Orcolat.
Ahora empieza la parte más amable de la historia. En lugar de llevarse las ruinas, obreros y voluntarios las clasificaron. Los sillares de la catedral, en su mayoría, solo estaban mellados, no rotos. Uno por uno, los sacaron de entre los escombros, los registraron y los guardaron.
La gente de Venzone quería recuperar su pueblo, tal como había sido. En el verano de 1977, la mayoría de los habitantes firmó una petición para pedir una reconstrucción fiel al viejo pueblo. Y así se decidió reconstruir por anastilosis. Es una palabra larga para algo sencillo: volver a poner las piedras originales en sus lugares originales.
Desde 1982, más de nueve mil piedras fueron numeradas y catalogadas. A cada una se le dio un número o una señal, y se dispusieron en grandes patios de piedra, como las piezas de un rompecabezas enorme. Las viejas fotografías ayudaron a encontrar el lugar de cada piedra. Las obras de la propia catedral empezaron en 1988.
Canteros del lugar hicieron el trabajo, y una nueva generación de artesanos aprendió el oficio. Se escondió acero dentro de los muros, para ayudarlos a resistir futuros terremotos. Donde se había perdido una piedra, otra nueva, del mismo tamaño y del mismo tipo de piedra, ocupó su lugar. Al final, más de nueve piedras de cada diez volvieron adonde habían estado. Y los muros que habían sobrevivido, torcidos pero en pie, se conservaron tal como estaban, para que todavía se vean las cicatrices.
Durante las obras, los constructores encontraron algo escondido en el piso de la iglesia más antigua que había estado allí antes. Era un dibujo de un extremo de la catedral, el frente del brazo norte de su crucero, de casi catorce metros de ancho, grabado en la piedra por canteros del siglo catorce. Durante seiscientos años había esperado allí, bajo sus pies.
El palacio municipal ya estaba reconstruido en 1984, y a fines de la década de 1980 el viejo pueblo se alzaba de nuevo. En agosto de 1995, la catedral reabrió sus puertas. Venzone se reconstruyó donde estaba y como era, con sus cicatrices a la vista. Solo se dejó una ruina a propósito: el frente de la antigua iglesia de San Juan Bautista, como recuerdo.
Hoy, en un palacio del pueblo, un museo llamado Tiere Motus cuenta la historia de aquellos años. Su nombre une una palabra friulana, tiere, la tierra, y una palabra latina, motus, movimiento. Y afuera, en las calles, las viejas piedras descansan otra vez tranquilas en su lugar, tibias bajo el sol de la tarde.
Ahora cae la tarde sobre Friuli. El largo día ha terminado, y la luz se va apagando, despacio, sobre las montañas y sobre la llanura.
En Aquilea, la laguna se vuelve plateada, y luego gris. El alto campanario se recorta contra el cielo, como lo ha hecho durante casi mil años. Bajo los campos que lo rodean, la mayor parte de la ciudad romana sigue dormida, sin excavar. En 1998, la vieja ciudad y su basílica entraron en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Y detrás del ábside descansan los diez soldados desconocidos, con Maria Bergamas cerca de ellos.
Muy al norte, en la puerta en las montañas, las murallas de Venzone se van oscureciendo. La catedral de San Andrés se alza tranquila dentro de las murallas, con sus viejas piedras otra vez en su lugar, cada una numerada alguna vez, y recordada. Junto al pueblo, el Tagliamento sigue corriendo por su ancho lecho de piedras, como siempre.
En Polcenigo, el Gorgazzo sigue corriendo por el pueblo, frío y claro, junto a las viejas casas de piedra y madera. Su poza profunda al pie de la roca va perdiendo su azul, y se oscurece. Un poco más allá, en la Santissima, el Livenza brota en silencio de muchos manantiales pequeños a la vez, y a las pocas decenas de metros ya es un río.
Y en Barcis, en lo alto del Val Cellina, el lago esmeralda guarda la última luz del día. El pueblo y el Palazzo Centi se reflejan en el agua quieta. En la garganta, debajo de la presa, el viejo camino sigue aferrado a la roca, ahora silencioso en la oscuridad.
En todo Friuli se van encendiendo las luces. En las casas de campo de la llanura, en las ventanas de los pueblos de montaña, en plazas pequeñas donde una campana anuncia el final del día. Los caminos se vacían. Los ríos siguen corriendo, bajando de las montañas, hacia el mar.
Esta noche hemos recorrido un largo camino, desde una aldea de casas de madera en un pantano, hace unos seis mil años, hasta una catedral reconstruida piedra por piedra. Hemos conocido a colonos romanos y patriarcas, mercaderes y canteros, mujeres que bajaban de las montañas con cucharas de madera, y una madre en una vieja basílica.
No necesitas recordar nada. Las historias se conservarán, como las piedras de un viejo muro, o como el agua que descansa en lo hondo bajo las montañas, esperando brotar.
Así que deja que tu respiración se haga más lenta, y que tus ojos se cierren. La laguna está quieta. Las montañas están oscuras. Y en algún lugar, al pie de un muro de roca, brota un manantial, frío y claro, bajo las estrellas.
Gracias por pasar esta larga velada conmigo. Que duermas bien, y buenas noches.
Más noches tranquilas
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